A Cristina de Kabul
El valle tropical estaba a nuestros pies, sólo nos quedaba emprender el descenso vertiginoso. Simplemente bastaba con seguir el sendero guarecido por la sombra de las dos hileras de palmeras cocoteras que -a cada orilla del camino- se alzaban con cierta humildad.
Más allá el poblado, como cada año: el poblado húmedo.
Aquí, desde la altura de la montaña, el último remanso de sequía.
Nuestra carreta inició el descenso con cierta facilidad, el crujir de sus maderas avejentadas nos anunciaba ante los primeros aldeanos, pequeños grupos de niños que rápidamente se acercaban a preguntar por la película, “¿Cuál es la cine de hoy?” decían y se miraban los volantes amarillentos impresos para promocionar “La nevada del 62 en Barcelona”, aunque era evidente que aún no sabían leer, era más evidente que si sabían imaginar y la foto de una Plaça Catalunya completamente nevada alimentaba la imaginación del valle tropical y húmedo.
“Es como el Lago del Cielo” dijo un niño de ojos pequeños y achinados mientras salía corriendo con el volante en la mano, “Es como el Lago del Cielo”, repitió y se perdió entero.
En el valle tropical, la tradición de las Fiestas Patronales nos pone siempre como evento de clausura, cada año, nuestra película sirve de preámbulo al cierre verdadero y majestuoso, cierre repleto de luces de colores rompiendo la noche, de música húmeda y bailada, de cuerpos sudorosos, alcohol de caña con azúcar y olor a coco quemado, es a las ocho, justo después de que el zumbido permanente de los mosquitos permite el paso del sonido y la retención de la sangre propia. Es alrededor de las ocho de la noche en que mis palabras logran cobrar algún sentido al ser dichas…con falsa pompa y un conocimiento vago de la influencia del tiempo y de la modulación de la voz, hablé ante la concurrencia tropical, les dije:
-Señores y señoras: es un honor para todos nosotros presentar en nombre de La Cinematográfica Sinaia, este gran documento fílmico que muestra un hecho sorprendente como si de algo trivial se tratara, sí señores, ante sus sorprendidos y –a esta hora- cansados ojos, verán lo que a bien los científicos han dado en llamar un hecho sin precedentes y que hasta aquí, hasta este valle húmedamente tropical hemos sido capaces de traerles para su disfrute, señores y señoras, ante ustedes: una nevada, no cualquiera, la grandiosa y famosa nevada del año 1962 que cayó en la ciudad de Barcelona, para -en unas pocas horas- cubrirla enteramente de blanco, así es señoras y señores, en nuestra pantalla admiren la nevada del 62.
He de reconocer que el estupor que esperaba generaran mis palabras tan bien dichas ante la audiencia tropical, tardó tanto en llegar que nunca lo hizo y ni tan solo las imágenes de la película lograron algo más que bostezos generalizados, pequeños murmullos silenciados y una sensación clara de aburrimiento muy cercano a la muerte, siempre creímos que la visión del documental de la nevada del 62 sería –cuando menos- sorprendente a los ojos de un auditorio húmedamente tropical que jamás había tenido la necesidad siquiera de pensar en la posibilidad de algo tan lejano y extraño como la nieve, pero no fue así, ese año la proyección resultó ser un completo fracaso.
Se me acercó al final de la proyección, mientras la música iniciaba la congregación del pueblo dispuesto al baile, ella me tomó de la mano y me miró con sus enormes ojos marrones mientras me decía “es como el Lago del Cielo” e intentaba insistentemente hacer que la siguiera, lo hice, tomado de su pequeña mano seguí sus pasos por horas sin casi hablar entre nosotros, todas mis preguntas eran respondidas de la misma manera: “es como el Lago del Cielo” y continuábamos su camino.
De pronto se detuvo, miró de frente a la noche y un loro mudo voló sobre nuestras cabezas, apretó mi mano y corrimos hasta llegar a un pequeño montículo de piedras enormes, perforadas y negras, más allá y confundiendo sus límites con los de la noche, un lago de agua negra reflejaba diminutos puntos de luz, “es el Lago del Cielo” dijo y me miró con los ojos de marrón extremo, tranquilamente se sentó y me pidió con un ademán que yo hiciera lo mismo, casi sin mirarme empezó a hablar:
-Éste es el Lago del Cielo, es hasta aquí que vienen todas las almas vivas cuando se escapan de los cuerpos muertos de los hombres y de las mujeres, es en el lago en que se confunden con los bancos de peces y junto a ellos nadan plácidamente en las aguas negras y tibias, pero de vez en cuando, el Lago del Cielo se llena de almas vivas, de peces y de agua tibia y es entonces cuando las almas se enfrían y mueren, saltan del agua del lago, suben un poco y caen en forma de pequeños copos de nieve blanca y muerta como la nieve de tu película.
Entonces comenzó a nevar.
viernes, 30 de mayo de 2008
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