lunes, 20 de abril de 2009

Enterrador de cuerdas

Enterrador de cuerdas

Soy de oficio enterrador de cuerdas de ombligos, y aunque es un oficio que ya me venía dado desde mucho antes de nacer, también es el oficio que escogí después de mirar la cuerda que dejó a mi ombligo mutilado, saltón y rugoso… enterrar cuerdas de ombligos -de las mismas con las que uno nace y luego se desprenden del centro de uno- es mi oficio por doble partida, como el de cualquier otro de mi estirpe; enterrar es mi oficio.

Soy la obra menor de mi tío, soy quien desde siempre le ha seguido a todas las visitas que periódicamente hace a los que acaban de nacer. Mientras él va diciendo sus oraciones largas y sus cantos cortos, mientras va repitiendo los rezos que le piden, yo, respetuosamente le espero afuera de los lugares hasta que ha terminado, solo para recoger de sus manos la cuerda de ombligo y salir caminando, lenta y ritualmente hasta llegar a la tierra para enterrarla. Cavo con las manos un agujero profundo, tan profundo como la necesidad que les evite el deseo oloroso a los perros y les deje el manjar carnoso a los gusanos ciegos y sin olfato, ese es mi oficio, ese es parte de mi oficio.

Con mi tío siempre caminamos y –como es lógico- siempre volvemos a los lugares, así es como lo dice la tradición escrita y hablada y así es como recojo de las manos de mi tío las uñas diminutas de los que tienen poco más de un mes de haber nacido para enterrarlas junto a la cuerda podrida de su ombligo y –más tarde- justo entre los cinco y los seis meses después de enterrar las uñas, volvemos a las casas a recoger el primer mechón de pelo para repetir la operación de enterramiento ante un agujero ahora renovado y repleto de vida.

Durante periodos esencialmente cortos y siempre junto a mi tío, nos abandonamos al descanso, al sueño profundo, a la glotonería, a las cervezas frías platicadas, a la música y al pensamiento nervioso, pero principalmente nos abandonamos a las lecturas equivocadas que nos indica mi primo Juan, él, mi primo Juan, siempre se muestra pendiente del porvenir y se asoma sistemáticamente a las ventanas abiertas e incluso alguna vez a las cerradas, supongo que es de tanto asomarse que le viene la compulsión a la lectura.

Después de nuestros cortos descansos, volvemos de nuevo a los lugares, es verdad que éstos regresos los hacemos de forma más esporádica, pero también más categórica, volvemos sin oraciones largas, ni mucho menos con cantos cortos, y siempre lo hacemos sin música, simplemente volvemos para enterrar diminutos prepucios e hímenes bajo la tierra y abonarla, hay tanta vida en ellos que más vale enterrarlos para evitarles un poco de dolor.

Es entonces cuando nos vienen los tiempos de lo que mi tío llama el “sinoficio”, que viene siendo como una especie de andar sin sendero, entonces nos dormimos en hamacas trenzadas con todos los colores y los hilos… si a mi tío le da por dormir, duermo, si le da por orar, le escucho en sus oraciones secretas, si le da por todo lo demás, a mí también.

En éstos periodos nuestras visitas a los lugares casi desaparecen, escasea el trabajo y con él la comida y la bebida, solo logra subsistir sin dificultad la posibilidad de las lecturas equivocadas que va indicando el primo Juan, es en éstos periodos de descanso forzado y prolongado cuando nadie quiere vernos de pie junto a la puerta de entrada a sus casas.

Nuestras visitas –las pocas que nos son permitidas- se llenan de nuevo de cantos, pero ahora son cantos melancólicos, cantos viejos y prestados… de la solitaria y acostumbrada voz de mi tío, pasamos a los coros y rumores generalizados, en muchas ocasiones incluso convertidos en cantos grotescos.

Mi trabajo entonces se limita al entierro visceral, al entierro de despojos muertos, un entierro envuelto en cal si solo me limitara a la tradición de las palabras y las letras, pero es gracias a los libros equivocados del primo Juan que –siempre a escondidas y siempre en contra de Dios- envuelvo las vísceras y los miembros mutilados en hojas enteras y arrancadas al Ulises, al Pedro Páramo, a La Soledad Demasiado Ruidosa, a Los Diarios y a alguna otra hoja más de las escasas hojas llenas de letras que logran la salvación de las vísceras y de los miembros despojados de los cuerpos.

De pronto nuestro oficio se renueva, las invitaciones a los lugares crecen de la misma manera en que decrece nuestro abandono al descanso, al sueño profundo, a la glotonería a las cervezas frías platicadas, a la música, al pensamiento nervioso, y a las lecturas equivocadas, ahora nuestras visitas se limitan a la recolección: nos llevamos los escasos y largos mechones de cabello que intentan cubrir sin lograrlo las frentes refulgentes de sus portadores, para éstos tiempos y en éstos lugares, los cráneos asoman ya y para nosotros es una muestra clara de que el trabajo, el oficio en este caso, simplemente ha terminado en el tiempo y la forma suficientes para volver a comenzar

Todos ellos saben su condena a la vida, yo se mi condena al entierro.

Jordi

Sin Objetos

Sin objetos

A Cristina de Kabul

La especie entera fue sacudida por una locura vieja, una desolación objetual, los individuos se convirtieron en el vacío que les provocaban todos y cada uno de los objetos que les arrebataron, los que perdieron, los que les robaron… la especie era simplemente el cúmulo de objetos que les habían quitado.

El viento había perdido el rumbo de las veletas y el único olor prevaleciente era del plástico quemado y fundido en amasijos de colores brillantes.Los monitores alumbraban el camino y en ellos se apreciaba con claridad la majestuosidad del objeto deseado.

Pretender no mirar era imposible, no desear era –cuando menos- un acto considerado de desacato, si la anulación del deseo objetual persistía, la comunidad se encargaba de la delación y el Estado de la ejecución de la pena correspondiente.

Mientras duró el proceso, la comunidad dispuso una serie de ornamentos a mí alrededor, decenas de supuestas comodidades cotidianas y la infaltable luminosidad azulosa de los monitores.

Cada vez que intentaba abstraerme y mantenerme cercano al recuerdo de mi cabeza recostada en tú ombligo abismal, los monitores enrojecían y repetían incansablemente la misma pregunta:

“-¿Para qué tanta luz si no quieres mirar?”

La condena –al igual que la pregunta- fue la esperada.

La respuesta:

"Para alumbrar nuestra ceguera"

Jordi