domingo, 30 de septiembre de 2007

El secreto

Primero vino el abandono, al que rápidamente le siguió el pensamiento único y absoluto, tanto de día como de noche, un pensamiento de nieve, blanco y tibio, un pensamiento de vaivenes marinos perpetuos, de campos de trigo movidos suavemente por el viento hasta la eternidad, sin descanso…poco tiempo después empezó la dificultad para tragar saliva, la sensación de tragos ardientes que descendían con dificultad por la garganta hasta la boca del estómago, el pecho reventado de un cerdo en el matadero y de pronto el grito, algo semejante a un aullido quebrado en su parte final, un grito que se revolvía con las lágrimas y la baba, todo se acumulaba, la fiebre diurna y los escalofríos nocturnos, el temblor constante, nada sustituía a nada, solo todo se acumulaba.
Aquella noche empecé a caminar con rumbo fijo, un andar silencioso de noche de domingo urbana, solo acompañado por el canto de grillos perdidos en el asfalto y el de perros despellejados sin luna a la que aullarle… y ahora les diré el secreto, éste es el secreto, el secreto que de niño me contaron y que –traicionando a quien me lo contó- ahora les cuento para que todos aquellos que lo buscan dejen de hacerlo, ya que es imposible encontrarlo, es un secreto que no tiene ningún sentido conocer ya que no puede ser alcanzado por nadie cuando alguien ya lo ha alcanzado y en mi andar nocturno lo he desvelado, el secreto radica en que el centro del vacío se encuentra en el Ombligo de la Luna, exactamente dentro de mi pecho reventado como el de un cerdo en el matadero.

Jordi

viernes, 28 de septiembre de 2007

La renovación de viento

La renovación del viento
No me llamo, me han quitado el nombre de tanto no decirlo.
Vivo en la comunidad de arcilla, pero no puedo celebrar.
En enero celebraron las fiestas de la renovación del viento, del viento nuevo.
Yo también pertenezco a la comunidad, pero a mi me está prohibida cualquier celebración, mucho más si se trata de las fiestas de la renovación del viento que solo se llevan a cabo cada treinta y tres años y que -ante todo- tienen una importancia absoluta ya que de ellas depende que el viento se haga nuevo otra vez y que sus movimientos dejen de ser lentos y que su olor deje de apestar a la tierra con la que se cubre a los muertos, como cuando el viento es viejo, viejo de la edad de treinta y tres años, que son muchos años para nuestro viento, un viento de cañadas arcillosas arrebatadas poco a poco por el asfalto.
La comunidad celebra en serio, en realidad eso lo supongo, porque a mi ni tan solo se me permite ver y todo lo que se de la celebración lo se porque lo he oído y - principalmente - porque lo imagino, aunque hace poco me pareció oír que también me quieren prohibir que lo imagine y, seguro es que saben como hacer para prohibir que imagine… lo que sí he oído en las celebraciones menores y lo que recuerdo cuando era niño de la celebración de la renovación del viento, es que la comunidad empieza la celebración riendo y bebiendo, algunos bailan, nadie come, algunos saltan, nadie habla y terminan la celebración envueltos en llanto, todos.
A mi, la comunidad, me ha prohibido la presencia en las celebraciones, dicen que tengo el simiente podrido, es verdad, tengo el simiente podrido.
Mis hijos se pudren en el vientre de su madre, todos.
Mi simiente está podrido y mi celebrar, seguro que pudre al viento.
Jordi

jueves, 27 de septiembre de 2007

Con las manos y a dentelladas

“Cavaré mi propia tumba con las manos…y a dentelladas si es necesario”, lo anterior, es lo que le oí decir infinidad de veces a lo largo de tantos años en los que siempre tuvo lo que él llamaba “una clara tendencia al abandono y a la soledad”.
Me parece que fue al cumplir los trece años que le regalaron aquel libro de Antología Poética Española donde leyó aquello de las dentelladas en un poema de Miguel Hernández, al cual le hizo la adaptación necesaria para adelantarnos la forma en que terminaría muerto y enterrado.
Una parte de la historia, de la suya, él nunca la contó, y no lo hizo por temor a la burla fácil y porque siempre consideró que se rompía aquello que acostumbraba a llamar “el telón poético de fondo y forma” pero para eso estoy yo que lo único que haré será contarla tal cual… y con esto me refiero a que justo al siguiente año del libro de la antología poética y celebrando –sino mal recuerdo- su cumpleaños número catorce, mientras esperábamos que su padre llegara por la noche con el pastel y la cena, nos dio por llenar nuestro tiempo mirando una película de El Santo por la televisión, en ella enterraban, aún con vida, dentro de un ataúd de madera y con tres metros de tierra encima, al mismísimo Enmascarado de Plata, el héroe en cuestión lograba girar y ponerse boca abajo dentro de su diminuto recinto mortuorio, utilizando toda la fuerza que le restaba, que obvio es decir que era descomunal, empujaba la tapa de la caja y con ella los tres metros de tierra apisonada que habían depositado sobre ella para enterrarlo en vida, la tierra se removía y el Santo, El Enmascarado de Plata, salía sano y salvo a la superficie, esta escena increíble solo reservada a héroes de la talla de El Santo, marcó aún más lo que habría de ser su anunciado final, aunque esto él siempre lo negó y es que una cosa es gritar un día si y el otro también que se cavará la tumba propia con las manos para enterrarse en ella y dejar así “esta vida horrenda” y otra muy distinta es hacerlo. Con la película del héroe de la máscara de plata existía una mínima posibilidad – ante nuestros ojos adolescentes – de dar marcha atrás al mecanismo del autoentierro, simplemente había que darse la vuelta y ejercer una fuerza tal que la tierra temblara y se abriera a nuestro paso, claro está que seguramente no cayó en la cuenta de que aquello era una película y que él distaba mucho - en todos los sentidos - de ser El Enmascarado de Plata.
Tanta repetición de su muerte y entierro adelantados, así como de la clara tendencia al abandono y la soledad, terminó por alejar de él a casi todos los que lo rodeaban, cerca de los cuarenta y cinco años se podría decir que era yo el único que le visitaba de vez en cuando en el diminuto departamento en el que vivía en el centro del Pitillal de Vallarta, acompañado siempre del eterno sonido de los ventiladores enfrentados a nuestras caras para poder mitigar, aunque fuera un poco, el tremendo calor de la zona y el específico de su departamento. Decía que de tanto repetirlo, había terminado por tener verdaderamente una vida de abandono y soledad, sus trabajos siempre eran incipientes y más pronto de lo que tardaba en ser contratado, era despedido de forma irremediable, sea como sea de alguna manera obtenía el dinero necesario para comprar algo de comida y bastante cerveza que siempre bebía en paseos que iniciaba en el malecón y que terminaba enfrentado a sus eternos ventiladores hasta caer sumido en un profundo sueño que se asemejaba cada vez más a un coma etílico y a la muerte.
Esa última visita que le hice lo noté aún más ligado que de costumbre a la idea de la muerte y el entierro y mucho más al consumo de cerveza, solo que había un algo distinto en el trato que le daba a la muerte, a cavar su tumba con las manos, a las dentelladas… de la actitud entre retadora, provocadora y “poética “ -decía él- que a lo largo de su vida siempre le había caracterizado al tocar el tema, ahora más bien su actitud era temerosa, incluso profundamente temerosa y también práctica, lo era en el sentido que ahora anunciaba su muerte y autoentierro a partir de la practicidad que le proporcionaba morir sin tener que molestar a nadie para que le prodigara algún tipo de cuidado en el supuesto de que cayera en alguna de las múltiples enfermedades crónicas que en últimas fechas mencionaba a cada instante como si de un catálogo infinito se tratara, sus reflexiones al respecto me parecían totalmente ilusorias, ¿a quién creía molestar con su posible enfermedad crónica y el desenlace mortal, si absolutamente nadie se ocupaba de él, ni le visitaba, ni siquiera pensaban en él? Es cierto que de tanto en tanto y por algunos días, que nunca excedían de tres, yo lo visitaba en el departamento caluroso del Pitillal, pero una cosa era mi visita casi caritativa y otra muy distinta era ocuparme de su imaginada enfermedad y de su muerte, ambas, francamente me tenían sin cuidado.
No se sabe muy bien como es que murió aquel miércoles de Semana Santa, en un caluroso Vallarta invadido de turistas principalmente tapatíos, mucho menos se sabe de los motivos que le llevaron de forma definitiva a cavar su propia tumba con sus manos y a dentelladas si es que le fue necesario, especulaciones hay muchas, se le atribuyen deudas impagables, actos inconfesables, amores rotos y hasta un simple error en el cálculo de la cantidad de oxigeno que se puede contener dentro de un ataúd de madera blanqueada, sea como sea murió, eso sí, antes de hacerlo preparó perfectamente desde la compra del ataúd de madera blanqueada e incrustaciones de papel dorado, la transportación del mismo hasta el Cementerio de Nuestra Señora de Los Remedios, seguro estoy de que –durante días- con tan solo sus manos y posiblemente a dentelladas si es que le fue necesario, cavó el agujero que a la postre fue su última morada y sin lugar a dudas contrató a algún demente que lo cubrió con tres metros de tierra para luego marcharse tranquilamente y perderse entre las olas del Pacífico. No estoy seguro de los motivos, me inclino más por el quebranto amoroso y esto solo porque recuerdo que en mi última visita al departamento calurosamente infernal del Pitillal, me habló de la belleza del color azul, empezó hablando de las tonalidades del mar, de las otras tantas del cielo, y ya de forma incontenible, con un fraseo frenético me habló de las tonalidades azules de los ojos y esto tiene claros tintes azules de quebranto, claros para mí que le conocí desde que –sino mal recuerdo- cumplió trece años y le regalaron el libro de Antología Poética Española y desde ese mismo día nunca volvió a hablar de forma tan frenética como la vez de las tonalidades azules de los ojos y -la verdad sea dicha- por un clarísimo detalle que se encontró algo así como un año después de su muerte cuando yo mismo le fui a visitar y al no saber nada de él e iniciar ésta investigación, cuyo fruto evidente, es lo que ahora leen, logré encontrar su tumba y poder exhumar –en presencia del MP- su cadáver…allí estaba, dentro del ataúd blanqueado, recostado y boca abajo, inmóvil y tranquilo como la muerte misma que le atesoraba y con lo que -a primera vista nos pareció- una bolsa en la cabeza que por un momento me hizo dudar a mí y hasta la fecha les hace dudar a los del MP, si es que no era producto de un homicidio lo que había llevado hasta ese cementerio a mi amigo de la adolescencia, mi primera duda quedó disipada cuando alguien puso boca arriba al cadáver y pudimos percatarnos de que lo que ceñía su cabeza no era otra cosa que una máscara de El Santo, un poco sucia por el tiempo y con unos extraños círculos alrededor de los ojos coloreados en “todas las tonalidades azules de los ojos”

Jordi

martes, 25 de septiembre de 2007

El sueño de la gente muda

Esa noche, como todas, cenó solo, leyó quince páginas de un libro de forros rojos y se durmió, tuvo el sueño de casi siempre y que tanto le inquietaba, en el que aparecía rodeado de gente muda que le intentaba decir algo que le era imposible comprender.
Por la mañana, como todas, desayunó solo, salió a la calle y caminó durante una hora y doce minutos hasta llegar a las puertas de un edificio con anuncios de contadores públicos y médicos urólogos en la fachada, entró en él y subió al elevador que se detuvo en el segundo piso donde subió una mujer y un niño tomado de su mano, reemprendió el ascenso y se detuvo en el cuarto piso donde un hombre calvo dudó por instantes en entrar o no al elevador, terminó decidiendo que entraba justo en el momento en que la mujer y el niño salían, lo cual impidió que entrara y que terminara decidiendo mejor no hacerlo, el elevador ascendió de nueva cuenta y se detuvo en el sexto y último piso donde él bajó solo, como todas la veces.
Recorrió la T que formaban los pasillos internos del edificio en el sexto piso y se introdujo en el despacho 666, en el cual, por cierto, no aparecía ningún tipo de letrero.
Ya en el interior se sentó, como siempre, ante un escritorio de medidas y peso descomunales, repleto de múltiples gavetas y pequeños cajones por todos lados, abrió uno de ellos, extrajo unos papeles manuscritos y se dispuso a leerlos, cuando terminó de hacerlo los depositó en un rincón del escritorio y –abriendo otro pequeño cajón- repitió la fórmula de la lectura y el acomodo, cuando hacía ya tres horas que había llegado al despacho, el escritorio lucía repleto de manuscritos que guardaban cierto acomodo sobre el escritorio, en ese momento sonaron unos débiles golpes en la puerta, acompañados de una voz masculina que gritó claramente:
“¿va a querer para hoy? mi Satanás"
Él ni se inmutó, no respondió a la pregunta y continuó con su lectura.
A las tres de la tarde extrajo de uno de los cajones una fiambrera y devoró el contenido en menos de trece minutos, eructó, se limpió la boca con el dorso de la mano y se levantó al baño donde -por espacio de casi media hora- defecó, cuando regresó al escritorio inicio la labor contraria a la de la mañana, es decir que fue recogiendo uno a uno los papeles manuscritos del escritorio y sin leerlos los fue guardando en los diferentes cajones y gavetas, solo interrumpió tal labor en dos ocasiones, ambas para beber de un líquido semejante al agua pero de tonalidades verdosas.
Cerca de las cinco de la tarde, exactamente cuando faltaban cuatro minutos para que se cumplieran, terminó de guardar el último de los papeles, tranquilamente se recostó un poco sobre el sillón y cruzando sus pies y manos, subió los primeros al escritorio, en ésta posición permaneció hasta que el sonido de un midi con el tema del Avispón Verde de un despertador digital le hizo ponerse en pié rápidamente, salió del despacho y bajó por el elevador, ésta vez y como siempre, completamente solo.
Cuando llegó a su casa esa noche, como todas, cenó solo y se fue a dormir sin leer, el sueño de la gente muda no se repitió.
El siguiente día fue exactamente idéntico al que le precedió, incluso en la noche, después de cenar solo, como todas las noches, no leyó nada y tampoco se repitió el sueño de la gente muda, así es como decidió por única vez en su vida que si quería evitarse el sueño perturbador de la gente muda, lo mejor sería dejar la lectura y eso hizo, a partir de esa noche y de forma totalmente consciente, nunca más volvió a leer antes de dormir y tampoco a soñar ni sueños perturbadores ni de los que no lo son.

Jordi

sábado, 8 de septiembre de 2007

La culpa de dios

Fue dios, el culpable de todo esto, fue dios, un dios ancestral, un dios viejo e incluso medio pendejo, minúsculo hasta en la d de su nombre de dios, de él proviene todo el poder y justamente no es en eso en lo que radica su pendejez… su pendejez - equiparable a la humana - radica en la distribución del poder, lo cual lo convierte en un dios humanizado, en una negación de si mismo, en un dios negado y pendejo, eso sí y mucho.
El hecho divino es otorgar el poder, otro y muy distinto es regarlo como lluvia tropical que moja a todos y otro – que es el que nos atañe - es cederlo a otros para que sean ellos quienes a su vez lo otorguen, tan estúpido el mecanismo, tan presente su ejecución y resultados.
La consigna divinamente poderosa recae depositada en objetos varios: platos con filos dorados, vasos que hacen juego con los platos de filos dorados, manteles de algodón bordados, vitrinas repletas de angelitos de lladró, zapatos de piel marrón, jabones redondos con un hueco en el centro, bolígrafos sin tinta, espejos de marcos dorados, lámparas de pié y de rodillas, cobijas de leones y tigres y caballos y focas, metros cuadrados de régimen fiscal urbano, metros cuadrados de régimen fiscal rural, antenas de conejo y de las otras, tubos de rayos catódicos enfundados en plástico, pantalones de lana, una silla mecedora, un corral para infantes, tres juegos incompletos de cubiertos de plata grisácea y una caja verde repleta de adornos navideños que incluye cinco series de luces de colores de manufactura china que el año pasado servían – resplandecientes - sin lugar a dudas.
Aquel que logra poseer cuando menos alguno de los objetos anteriores o similares, ya sea porque los ha heredado, encontrado, robado, rifado o cualquier otra modalidad de obtención de objetos de poder distinta a las anteriores pero efectiva, logra poseer el poder.
Así de sencillo.
Así de sencillo.
Detentarlo no es lo mismo que ejercerlo y justo aquí y - así de sencillo - es donde se verifica de forma clara la pendejez extrema de dios, a todo aquel que tiene el objeto, le otorga el poder, a más objetos más poder, creando de ésta manera un pendejismo exponencial y paralelo al poder y que se resume en un poder divinamente pendejo, y ante lo divino sobran todos los adjetivos y ante lo pendejo también.
La mirada del poderoso lo gobierna todo, un parpadeo es capaz de expulsar a dios del nicho donde no duerme nunca junto al paraíso, del minúsculo paraíso de un dios minúsculo, los ojos del poderoso lo gobiernan todo sin ningún temor más que el que infunde su propia mirada, los espejos son letales y prohibidos.
El poderoso mira, parece que mira, pero el poderoso no mira, el poderoso puede y lo puede todo, mientras que aquellas mayorías carentes de todo poder no pueden nada, él lo puede todo y en cada parpadeo se va alimentando del alma de los derrotados, de los sin objetos, mientras más mira, más se empodera y así hasta el infinito, hasta el infinito donde en un nicho entre el paraíso y el infinito no duerme dios.
Es por eso que digo que la culpa es de dios, de su pendejez, ¿qué puede esperar uno si hasta los dioses los tiene pendejos?
No hay lucha que valga, no hay palabra capaz de romper la inercia ancestral del poder, no hay nada.
Así de sencillo.
Así de sencillo.
Queda el vacío, el mismo vacío que está en uno de los siete rincones del desierto del norte… y aún así y después de todo habrá alguno que dirá que queda el amor, que queda el refugio del amor, no le rebatiré ninguno de sus argumentos, incluso puede ser que le asista la razón o que nomás ande haciéndole a la mamada, sea como sea, por ésta vez no diré nada, así de sencillo, simplemente pediré que alguien tenga un poco de piedad y me saque de aquí, que me abandone sin consignas o con ellas, pero que hago todo aquello que sea necesario para que el poder quede, para que el poder sea y yo no quede y no sea.
Jordi

viernes, 7 de septiembre de 2007

La parte norte del desierto

Me soltaron en la parte norte del desierto, eso es lo que me dijeron, su peculiar forma de interactuar con los demás tiene como principal característica al abandono, y no me refiero a pequeños abandonos mamones, salvados siempre por el perdón y la redención, nada de eso, son abandonos en desiertos ojetes y soleados, secos y ajados como la piel de los viejos.
Me soltaron en la parte norte del desierto y como toda compañía me dieron un puto casete de los Temptations, que para acabarla de chingar ni tan siquiera me gustan, lo que para efectos de esto que ahora leen no importa en lo más mínimo porque han de imaginar que no había posibilidad alguna de oír el casete de los Temptations en el desierto del norte e incluso tal vez ni siquiera era un casete de los Temptations, aunque justamente eso es lo que decía en los renglones del lado A y del lado B.
Caminar, solo caminar, rodeado de arena, cielo y sombra, eso es lo que hice, la consigna era clara: “caminarás hasta encontrarte”
Yo nunca los dejé, nunca les pedí que me abandonaran en ningún lugar o peor aún: que me abandonaran a secas, fueron ellos quienes lo decidieron, me condenaron al abandono perpetuo en éste desierto gigantesco y horrendo… pero la condena es clara y no admite perdón, desde ese día me repito a cada instante aquello que me dijeron: “caminarás hasta encontrarte” y justo cada vez que se repite la frase por dentro y por fuera de mí, ahora aparece acompañada de los acordes de una marcha fúnebre.
Es por las noches cuando camino y durante los días intento dormir, últimamente tengo un sueño recurrente, casi tan recurrente como los acordes de la marcha fúnebre, en el sueño me embarcan en una balsa llena de monstruos incomprensibles, difusos y contrahechos, pero me parecen muy divertidos y seguramente yo se los parezco a ellos - a juzgar por sus risas desdentadas - es un sueño relajante y en ocasiones incluso es hermoso, he llegado a pensar que ese es el destino final de mi caminar, pero quienes me soltaron en la parte norte del desierto hablaban - o más bien gritaban – de caminar y de encontrarse, jamás mencionaron a los sueños, que por otro lado nada tienen que ver con la vigilia, y mucho menos con la vigilia del desierto apenas alumbrada por débiles rayos de luna solitaria y sonorizada por arena resbalando sin jamás ser contenida.
Me alimento de lo que han ido dejando - aquí y allá - todos aquellos a los que abandonaron en éste desierto y supongo que con la misma consigna de caminar hasta encontrarse, bebo en los pequeños manantiales permanentemente resguardados por pájaros mudos similares a los cuervos, tengo una vida proveída, en nada hay escasez y sigo mi camino que a veces - demasiadas veces - me parece un camino con un único final y no precisamente el que yo desearía, pero al fin final.
Si por desgracia son condenados al abandono en el desierto del norte, tan solo les puedo decir que en el desierto solamente existe él, el desierto, él casi es el dueño absoluto de la nada, solo existe una salvedad, dentro del desierto y en uno de los siete pequeños rincones que lo forman se encuentra el vacío y dentro de él hay un hombre escribiendo La parte norte del desierto.
Jordi

domingo, 2 de septiembre de 2007

Haciendo surco

-Miando y caminando pa´hacer surco
-¿otra chela?
-va

La tarde y el calor, calor apendejante y sudoroso, escurrido, sol de marzo, del que curte, del que agüeva, estamos reposando en ladrillos coloreadores de nalgas, ya vamos por la chela
presente, casi fría, entierrados, casi vivos.

-No voy a regresar.
-y ¿qué vas ha hacer?
-estarme aquí, de quieto.

Entré, como siempre y a la misma hora obscura, me senté en "los de a solo" subió la ñora de la oferta, mire, es una promoción, mire, se lo va ha llevar, mire.
Pantitlán se alejaba y junto con él se alejaban los pasos embriagados de un profeta en dirección al fondo del vagón.
En los vagones se nos pierden las miradas, se mira más allá, algunas cabezas repiquetean contra la ventana, otras están fijas sobre sus cuellos, los ojos pocas veces se miran, solo alcanzan para mirar letras, fotos, nalgas, nada, todo, el silencio es casi absoluto, silencio de vías, puro asidero de tubos, solo queda tiempo y espacio para pensar.
Por Terminal Aérea el profeta se acercaba a paso de pato, esgrimiendo en la diestra una Biblia dorada y con el índice apuntando al techo, me miró de frente mientras recitaba a Lucas, topó con el final del vagón, dio media vuelta y se volvió a alejar con su briago paso, en la espalda se leía su filiación a las Juventudes Cristianas.
Subió una mujer que irónicamente karaokeaba la de "volverte a ver, hoy daría media vida por volverte a ver" mientras un lazarillo la sostenía con el hombro, se cruzaron a medio vagón, ella casi cantando la "Rata de dos patas" él profetizando el pronto regreso de Jesús con nosotros y lo maravilloso de tan esperado hecho.
Por Eduardo Molina, la falta de obras de nivelación de las vías, provocó el paso parquinsoniano del profeta, que volvió a dirigir su mirada directamente a la mía mientras lanzaba frases referentes a la imposibilidad que tendrán los débiles para alcanzar el Reino de los Cielos.
¿A qué hora pedirá la cooperación para el mantenimiento y desarrollo de las Juventudes
Cristianas? ¿Es su Reino de éste mundo?
El folletín editado por la Comisión Nacional de Derechos Humanos, impediría, previa lectura, que un judicial ojete se agandallara y te entancara a puro pinche madrazo, a decir de la mujer que promovía tanto el folletín como la seguridad de ser tratado con estricto
apego a la ley, y todo, tan solo por veinte pesos.
El profeta siguió en lo suyo, profetizando y mirando casi sin mirar, hasta que encontró mis ojos y en ellos reflejó sus palabras:

-No solo de pan vive el hombre

Por Valle Gómez el profeta recortó el andar y se detuvo a medio vagón, emprendió el regreso a paso trompicado y veloz, el tono de su voz rayaba en las alturas, los ojos ya solo miraban los míos, no pudo más, se detuvo frente a mí, atoró el cuerpo contra el tubo
para obtener un asidero terrenal, el celestial era suyo de por sí y continuó profetizando:

-Has sido tú hermano mío, has sido tú el elegido, tú entre todos éstos hermanos de poca fe, tú serás guiado al Reino de los Cielos en la Tierra, detén tu andar sin rumbo, detén tus pasos ahora mismo, porque Jesús se a fijado en ti, porque él te ha elegido, hazlo ahora, no dudes de su guía, no dudes de él, yo solo soy un mero instrumento del Señor, por mi boca hablan sus palabras, ¡síguelo ahora!, ¡síguelo!

Algunos compañeros de viaje nos miraban, murmuraban, la presión comunitaria hizo efecto, la presión de la mirada del profeta lo hizo más y bajé.
Terminal de autobuses del norte

-Sí hermano, hazlo, has sido tú el elegido, te espera el Reino de los Cielos en la Tierra

Mientras me alejaba del vagón escuchaba los gritos, ahora histéricos, del profeta.
Caminé.
Caminé.
Me detuve.
Levante la mirada, estaba frente a la imagen de la virgen, tales coincidencias no lo son, mis guías definitivamente no podían ser mejores, sólo faltaba reconocer el destino, escupí en la palma de mi mano, la saliva, elemento hermanado con la palabra, tendría que ser quien indicara el destino, el índice y el anular cayeron de golpe sobre la saliva, ella describió una curva en dirección a Enlaces Terrestres Nacionales.
Hurgué en el bolsillo, mi resto por un destino, si se ha de ir a donde voy, escatimar es,
cuando menos una ofensa.
Del tiempo que me tomó en llegar es difícil determinarlo, como si se tratara del tiempo que dura una vida, la mía por ejemplo, nada de pensamientos, nomás estarse sentado, en espera de llegar.
Bajé aquí mero, porque aquí mero es, caminé hasta ti, mi sudor me regaló la primera chela.
Tan lleno de tierra, y es que no puede ser de otra manera, solo el Reino de los Cielos en la Tierra aparecería en un lugar así, tan lleno de sí misma.
Por eso estoy aquí, así nomás, así de quieto, miando y caminando pa´hacer surco.