sábado, 27 de octubre de 2007

International Emperator

Para el alma negra y brillosa

Nada se parece más en lo que -hoy mismo- me he convertido, que el vacío, me refiero al pequeño hueco circular y blanco que se encuentra dentro de nada.
W.O.


Primero.

Los enanos verdes iniciaron su famoso acto de los saltos cortos, se les veía alegres repitiéndose en su monótono movimiento ascendente y descendente, se sabían observados por el público y eso les proporcionaba una seguridad y grandeza desmesuradas.
Como todos los años, el circo llegó a medio verano, como novedad, ese año anunciaron el “Grandioso acto de los enanos verdes”, mismo que consistía en que ellos –ataviados con unos ropones enormes y verdes y coronados por unos gorros de piel de leopardo- saltaran monótonamente sobre un mismo lugar en una coreografía acompañada por una música de viento, que iniciaba con unos sonidos temerosos y unos -aún más- temerosos saltitos y que –poco a poco- en una creciente ola de volumen cada vez más y más insoportable, terminaba con los últimos y desacompasados saltos de los enanos verdes más resistentes que finalmente caían exhaustos sobre sus compañeros de salto, todo envuelto por el sonido roto de las trompetas, tubas y trombones y por el de las carcajadas histéricas de un público que para aquellas horas de la tarde se había bebido varios vasos de sotol y muchos más de cerveza. Yo me lo miraba todo desde el privilegio que me otorga la invisibilidad recién adquirida y la fortuna de que éste secreto –el de la invisibilidad- que ahora les comparto, es del total desconocimiento de los directivos del Gran Circo International Emperator, seguro estoy que si alguno de ellos tuviera la remota sospecha de mi existencia y por lo consiguiente de mi invisibilidad, inmediatamente mi acto de vida, ahora mismo resumido simplemente a la invisibilidad, sería minimamente reacondicionado y aplicado a los tiempos y formas circenses… bastaría una cierta promoción de inicio, pero salvados los primeros días en que poca sería la gente que hubiera podido presenciar el “Grandioso acto de la invisibilidad”, pronto correría de boca en boca, de pueblo en pueblo y de verano en verano y un acto tal, de inigualable calidad hubiera dejado en el más profundo de los olvidos al grotesco y ahora “Grandioso acto de los enanos verdes” todos ellos padecerían las penurias de una vida alejada del circo, una vida sin payasos ni funambulistas, sin mujeres barbudas ni equilibristas del miedo, ni malabaristas, ni trapecistas, ni nada, una vida miserable hecha justo a la medida de los miserables.


Pertenezco a lo que hay bajo la tierra, esta es mi historia, y este es mi acceso a la invisibilidad.
W.O.


Segundo.

He nacido visible a los ojos de quienes me miran, nada más que eso es lo que he logrado al nacer, pero si la cantidad no demerita la calidad, son muchos pares de ojos quienes me han mirado justo al nacer y quienes ahora me siguen mirando, tan solo transcurridos unos insignificantes fragmentos de tiempo. He querido -desde antes de siempre- vivir en el circo, no trabajar en él, no, solo vivir en el circo y eso justamente es lo que he venido haciendo hasta el nuevo día de hoy.
Después de tanto tiempo de ser mirado, he notado el nulo interés y la poca solidaridad de las miradas en lo general y en lo particular, he sido mirado simplemente porque me he interpuesto entre los ojos de quien mira y de aquello que es mirado, quien me ha mirado ha sido meramente cegado por el azar de las miradas.
Una salvedad… solo una.
Ha sido la mirada azul.
Única, es a partir de ella que me he hecho visible y es ante ella que a cada parpadeo, justo donde lo mirado se hace sombra, mi visibilidad ha empezado a deteriorarse, si soy siendo mirado, casi no soy entre parpadeos y nada soy por las noches donde los ojos se duermen y si miran, solo lo hacen hacia adentro.
Ha sido la mirada azul.
Ha dejado de mirarme y en ello me ha devuelto al circo.
Es ahora que tengo una vida de payasos y funambulistas, de mujeres barbudas y equilibristas del miedo, malabaristas, trapecistas, enanos verdes saltarines y hombres forzudos de bigotes retorcidos…y es a todos que me los miro, desde mi invisibilidad recién adquirida, donde humildes parpadeos esperanzados me dibujan incipientes contornos de lo que me queda ser si alguna vez me vuelvo visible ante la mirada azul.

Jordi

sábado, 20 de octubre de 2007

En corto

Antes vivía en un pasillo de tres metros de largo y con una luz clara al fondo, desde que ya no estas, el pasillo se ha vuelto casi tan largo como la oscuridad que le concluye.
Jordi

Me fuí

Si me fui fue porque ella me dijo que lo hiciera… antes de irme escupí al suelo y mezcle mi saliva con un poco de tierra, amasé un pequeña bola de barro y se la puse en el ombligo, “es nuestro hijo” le dije, ella nunca levantó la mirada de la tierra.
Cuando el tiempo empezó a moverse con su prisa de la tarde, le dije que era el momento de irme, apreté sus hombros nevados con fuerza y me fui.
Cargué con mi morral vacío, todo lo que era, todo lo que soy, ahora era de ella y estaba agarrado a su ombligo y por todo lo que hay dentro de su pecho, bajé por la única vereda que tiene éste miserable pueblo hasta el cruce de caminos en donde tomé el más recto, el de rumbo incierto.
Pronto la milpa cedió su paso al desierto, así es la tierra en éste valle elevado… y si me fui fue porque ella me lo pidió, “la paz por encima del amor” murmuró mientras se palpaba el vientre.
Allá arriba, en el pueblo, se quedó mi mar de olas amarillas y arena blanca, nuestro hijo de barro y mi alma negra y brillosa.
Por aquí en la vereda recta ha desaparecido el desierto para cederle su lugar al vacío.
Jordi

martes, 16 de octubre de 2007

El Lago del Cielo

Es la desesperación “la enfermedad mortal”, ese suplicio contradictorio, ese mal del yo: morir eternamente, morir sin poder morir, sin embargo, morir la muerte.
S.K.

El poder es perfecto y anula al amor, lo hace además de forma absoluta, o simplemente el amor es algo inexistente, supeditado al progreso, por lo tanto absurdo.
El mío no, mi amor es absoluto, como el poder.
W.O.



En la tarde recogimos los disfraces y emprendimos el andar descalzándonos las sandalias pesqueras, recorrimos la arena tibia en dirección opuesta al mar, adentrándonos en la selva de palmeras cocoteras y sin mirar a la playa.
Mantuvimos el paso por horas.
Lo ordenaba la tradición y los sectarios somos incapaces de quebrar tradiciones.
Era un andar de mediodía, desposeído de sombras, siempre al frente y sin posibilidad de regreso, un andar húmedo y caluroso, repleto de gotas del sudor de la fiebre.
Un andar sin finales….nuestro andar, todos seguíamos el vuelo del loro mudo, que de tanto en tanto se detenía para no abandonarnos más, él conocía a la perfección el camino, cada año repetía la vieja tradición asignada de -como si de un perro pastor a su rebaño se tratara- conducirnos al lago elevado, el más alto de todos, el Lago Del Cielo.
Llegamos.
Para algunos de nosotros, aún sin poder esconder nuestro claro temor, la visión era de una absoluta grandeza tropical solo superada por los aleteos constantes del loro mudo.
Entonces me separaron del resto del grupo de sectarios, fui condenado por inocencia, el término jurídico exacto que escuché era: “Condena Por Sectarismo Inocente”
Me llevaron a una pequeña roca que sobresalía del bordo del cráter que albergaba el agua negra del Lago del Cielo, dijeron algo extraño que no comprendí pero que tenía que ver con la desesperación y la condena, miré por última vez el aleteo majestuoso del loro mudo y salté.
Ahora duermo entre las rocas del fondo del Lago del Cielo, mi piel se ha acostumbrado poco a poco a tanta humedad y al frío permanente, aunque se que nunca lo hará del todo, el resto de mi cuerpo no se acostumbra y mi alma me ha abandonado, la última vez que sentí su ausencia la ví esconderse con rapidez en el fondo lacustre, se fue siguiendo un banco de peces casi tan negros como ella misma.
Solo me ha quedado la desesperación.

Jordi

viernes, 12 de octubre de 2007

Bestia Orgullosa

La bestia ya venía herida cuando se acercó a nosotros. Mientras que con su mirada suplicaba la clemencia de la muerte, con el lomo encorvado y el pelo erizado nos retaba a arrebatarle la vida, en realidad solo lo intentaba, pero claro estaba que la herida que le atravesaba el pecho era mortal y que aunque arrastrándose conservara ciertos rasgos de dignidad, los espasmos de la muerte la mostraban reclinada justo al borde del vacío.
Era una bestia orgullosa y su némesis le dictaba una muerte modesta, simple… nunca nadie y mucho menos las bestias pueden cuestionarnos, levantarse un palmo de la tierra que pisan.
Entonces alguno de nosotros pidió clemencia para la bestia.
Un diminuto puñal –me parece que sostenido por una mano femenina- rompió de un tajo al viento y con otro movimiento rápido se hundió entre las cervicales de la bestia que al instante blanqueó su mirada y cayó fulminada, un cordón de sangre de color fiusha eléctrico emanó de la herida y por la boca, la bestia contrajo por última vez los músculos abdominales y vomitó. Del charco emergió un pequeño loro que detenidamente se limpió todas y cada una de sus plumas antes verdes y ahora eléctricamente fiushas, cuando hubo terminado a medias la tarea y sintiéndose claramente observado, miró al cielo y con su voz de loro verde de lengua negra nos dijo, o más bien nos grito: “epitafio” pasados unos instantes repitió: “epitafio” y algo más que nadie pudo comprender.
El loro se contoneaba con su andar de loro mientras repetía aquello del “epitafio” una y otra vez… en un principio a todos nos pareció gracioso, pero pasados los primeros “epitafios”, tanta repetición y el horrendo tono de voz de loro verde de lengua negra, nos empezamos a cansar primero y a desesperar después.
Entonces alguno de nosotros pidió clemencia para el loro.
Un diminuto puñal –me parece que sostenido esta vez por una mano masculina- no rompió nada, directo se fue contra el pecho verde del loro que rápidamente aleteo siete veces, justo las necesarias para ponerse a resguardo de la muerte.
Aferrado a una rama alta y sobre una sola pata, mientras que con la otra se acicalaba el encorvado pico, el loro aleteó otras siete veces –tal vez nueve- y con su grotesca voz de loro verde de lengua negra, nos dijo a todos:
“epitafio, amo a la bestia orgullosa, epitafio, epitafio”
Después intentó volar y no pudo, contoneándose con su andar de loro, poco a poco, se largó.

Jordi Bestia Orgullosa

jueves, 11 de octubre de 2007

El enterrador

"Des que la meva mare va emmalaltir tinc la sensació que l'home és un enterramorts."
Joan

El enterrador

Son veredas repletas de perros despellejados y loros enmudecidos por la tristeza que provoca el silencio, ellos son los guardianes de los epitafios, no guardan la memoria porque esa se ha quemado junto con las sombras que apestan… a las tumbas en sí no es necesario resguardarlas de nada ni de nadie, ya sus moradores - con ese aspecto que da la muerte - se encargan de hacerlo con gran eficacia. Solo tiene que seguir la vereda principal, la reconocerá por su amplitud y por el color negro de la tierra, transítela hasta el final, le recomiendo detenerse en la lectura de los epitafios, los hay grandiosos, casi tan dignos como la muerte que les rodea; al final de la vereda principal intente mirar por encima de su hombro izquierdo, verá como le mostrarán el camino. Aquí hay lugar para todos, incluso para sectarios inocentes o culpables, todos tienen su lugar y mi labor solo se limita a la de un enterrador, soy yo quien paleará la tierra negra sobre su mortaja…pero vaya, vaya, que aún sabiendo que a la muerte nada ni nadie le corre prisa, sepa que es a mi a quien el trabajo se le acumula.

Jordi

viernes, 5 de octubre de 2007

Lacrimosa

Todos ellos empezaron a aparecer de forma más notoria justo después de terminada la guerra. Verdad es que antes también se les podía ver, pero verdad es, que eran escasos, definitivamente la época de mayor auge fue justo después de la guerra.
No se sabe exactamente qué fue lo que les provocó la enfermedad, las teorías médicas y las populares hablaban del misterioso Mal de la Letra o de la Enfermedad Vivida, incluso del Chasqueo (en alusión clara al sonido que provocaban cuando movían la quijada)…al fin teorías, vagas explicaciones sin fundamento alguno, de verdad ninguna.
Del auge de la post-guerra vino el declive, y hoy en día podríamos hablar ya de la desaparición total.
Yo soy uno de ellos y estas letras son mi único legado.
El fenómeno grotesco de nuestra existencia -si es que a esto se le puede llamar existir- se nos presenta a todos los que padecemos la enfermedad generalmente a temprana edad, una sensación de ardor recorre la piel por periodos prolongados, la desesperación que tal sensación provoca se vuelve insoportable en muy poco tiempo y el despellejamiento da inicio con la misma rapidez que la desesperación crece, en cuestión de pocos días y de forma irremediablemente creciente, nuestras vísceras quedan expuestas, no hay ya cuerpo que las contenga, el visible amasijo de vísceras, horrendo, aleja a todos de nuestro lado, el hedor es insoportable, lo es incluso para nosotros mismos. Nuestra penosa existencia está simplemente sustentada en cada acorde de la Lacrimosa de Mozart –en un fragmento de ella- solo así logramos despertar un día más, recoger con cierta delicadeza, incluso con pulcritud, aquellos restos viscerales que escaparon a perderse en la noche, esconderlos con vergüenza, cubrirnos con ropas que permitan el ocultamiento y volver a salir a la calle un día más, solo un día más.

Jordi

martes, 2 de octubre de 2007

Algunos Saques del pasado (2005)

Tercer saque:
Voltéate a mirar la estufa del lugar donde estás, sino hay estufa, vete a la verga de una vez, hora que si hay, mírate si los pilotos están prendidos, sino lo están es que estás solo, solo y no mamadas, hora si quieres ponte a llorar.

Cuarto saque:
En sábado, de un tiro certero. concreto, seco, cabrón y culero, yo estaré vivo en el CEMEFO y tú tendrás entre todas las vidas, las más difícil de elegir, pero estarás viva, viva, solo para testificar mi muerte

Sexto saque:
Trépate a medio cerro, mero donde acaba lo gris y empieza lo que queda de verde, sigue trepando escalones grises apoyados en piletas húmedas, salva las gotas que escurren de las cobijas llenas de tigres y de leones y de caballos, llégate hasta la ventanita, ábrela y apáñate de los barrotes de las protecciones, mírate el cerro de enfrente, el chingamadral de cuartos grises, el Reno, si acaso no te sientes urbano, ponte a Léprosy, al Haragán, a Lira and Roll y vuélvelo a intentar, sin dejar de apañar los putos barrotes.

Séptimo saque:
en un río intestinal empezamos a defecar, ya sin continencias, sin temores ni arrepentimientos, la mierda, nuestra mierda, lo invadía todo y como de eso si que éramos los verdaderos y únicos dueños, nos dio por nadar.

Jordi