No nació con tara alguna, nada en su código genético mostraba la mínima anormalidad, ninguna disminución física aparente ni mucho menos oculta. Obtuvo calificación de diez justo a partir del momento en que vio la primera luz, jamás padeció carencias alimentarias, jamás la negación de un servicio de salud, ya fuera prioritario o de una estética superficial abrumadora, creció dentro del seno de lo que llaman una familia funcional, contó con los más altos estándares educativos desde aquellas primeras incursiones escolares donde solo era capaz de arrastrarse y aún no podía controlar sus esfínteres, hasta alcanzar la licenciatura, el postgrado, y las consecuentes maestría y doctorado en el extranjero. Nunca padeció de la agresión de la intemperie, solo el aire confortablemente acondicionado, depurado, ionizado y filtrado entró en el par de pulmones que contenía detrás de unas enormes tetas perfectamente redondas y coronadas con un par de pezones respingados. Meticulosamente fueron seleccionadas sus amistades, ninguna de ellas fue dejada al azar –que poco tiene de venturoso- y solo la hierva selecta y bien podada y las aguas cloradas y contenidas en albercas de mosaicos de azul lustroso acariciaron su cuerpo de caderas imponentes y nalgas de silicona.
Si fue penetrada, hecho que desconozco pero que de antemano pongo en duda, lo fue mediando latex lubricado en genitales y sin lubricar en ambas manos, factor de vida que la acerca claramente a la Santidad mayúscula. Múltiples fueron sus viajes, múltiples las clases particulares y múltiples los maestros domiciliados, múltiples también sus incursiones en todas y cada una de las Bellas Artes, con resultados por demás esclarecedores de que para ella, los límites son absolutamente inexistentes.
Jamás escuchó la palabra no y –cabe pensar- que tal sordera parcial explica claramente la incomprensión del significado de la palabra.
Aunque es innegable que hay una contribución importante del entorno vivido, su estupidez suprema le pertenece esencialmente a ella, la estupidez suprema es toda suya
Paso a paso y tenazmente la consiguió hasta llegar a ser este ser monstruosamente vulgar y estúpido que se monta en una camioneta casi tan roja como la sangre que no corre por sus venas
viernes, 19 de junio de 2009
Apuntes de la fiebre del puerco (mayo 09)
De noche camino por Reforma con rumbo fijo a Avenida Juárez, como creo que vale la pena repetir la experiencia, hoy vuelvo a caminar por Reforma.
En Dante la música es gratis para la mayoría y las aglomeraciones a la entrada de los bares son falsas, casi nadie quiere entrar, casi todos solo quieren oír.
He caminado poco esta semana por las calles del Centro, el deseo de hacerlo no ha disminuido, el tiempo si.
Hace unas horas estaba dispuesto a entrar en la Cantina del Tío Pepe, imagine con claridad la escena donde abatía con paso seguro las puertas cantineras y directamente me dirigía a la barra para recargar mi codo derecho sobre ella mientras pedía una cerveza, he llegado justamente a sus puertas de hojas abatibles pero me ha faltado el valor de abrirlas y empezar a cumplir con lo imaginado, he notado el fulgor de turquesa intenso de mi playera y he desistido de apoyar el codo derecho en la barra mientras bebo una cerveza, eso y la posibilidad de la escritura actual me han hecho desistir sin duda.
Camino descalzo hasta la ventana y tengo la gloriosa posibilidad de mirar al abismo del cubo interior desde este quinceavo piso.
Son días de fiebres de puercos que contagian humanos o viceversa, tiempos de pestes medievales e influenzas españolas reeditadas, de reclusión forzada por mandatos estatales que buscan mayorías en el Congreso.
Mientras los grandes "enemigos del Estado" han sido claramente identificados, los enemigos internos en forma de virus mutantes y los externos en forma de humanos de ojos rasgados y con acento cubano y argentino, la falsa osadía recae en unos pocos que hemos decidido quitarnos el tapabocas y los guantes de látex, nada de jabones ni líquidos viscosos y antisépticos, lo único que queremos es un café en el Café de La Habana
Entre polvos y polvorones, del Toledo al Savoy.
En el Savoy ofrecen lugares para parejas y mujeres solas, aventajan al metro y al Servicio Atenea que discrimina claramente a las parejas. Hoy proyectan “Pulp Friction”
Hay un abandono de palabras, tanta comodidad, tanto culto a la estupidez, tantas ganas de evitar a la razón y seguir tumbado frente a un televisor soportado por quince pisos de hormigón y acero.
En Dante la música es gratis para la mayoría y las aglomeraciones a la entrada de los bares son falsas, casi nadie quiere entrar, casi todos solo quieren oír.
He caminado poco esta semana por las calles del Centro, el deseo de hacerlo no ha disminuido, el tiempo si.
Hace unas horas estaba dispuesto a entrar en la Cantina del Tío Pepe, imagine con claridad la escena donde abatía con paso seguro las puertas cantineras y directamente me dirigía a la barra para recargar mi codo derecho sobre ella mientras pedía una cerveza, he llegado justamente a sus puertas de hojas abatibles pero me ha faltado el valor de abrirlas y empezar a cumplir con lo imaginado, he notado el fulgor de turquesa intenso de mi playera y he desistido de apoyar el codo derecho en la barra mientras bebo una cerveza, eso y la posibilidad de la escritura actual me han hecho desistir sin duda.
Camino descalzo hasta la ventana y tengo la gloriosa posibilidad de mirar al abismo del cubo interior desde este quinceavo piso.
Son días de fiebres de puercos que contagian humanos o viceversa, tiempos de pestes medievales e influenzas españolas reeditadas, de reclusión forzada por mandatos estatales que buscan mayorías en el Congreso.
Mientras los grandes "enemigos del Estado" han sido claramente identificados, los enemigos internos en forma de virus mutantes y los externos en forma de humanos de ojos rasgados y con acento cubano y argentino, la falsa osadía recae en unos pocos que hemos decidido quitarnos el tapabocas y los guantes de látex, nada de jabones ni líquidos viscosos y antisépticos, lo único que queremos es un café en el Café de La Habana
Entre polvos y polvorones, del Toledo al Savoy.
En el Savoy ofrecen lugares para parejas y mujeres solas, aventajan al metro y al Servicio Atenea que discrimina claramente a las parejas. Hoy proyectan “Pulp Friction”
Hay un abandono de palabras, tanta comodidad, tanto culto a la estupidez, tantas ganas de evitar a la razón y seguir tumbado frente a un televisor soportado por quince pisos de hormigón y acero.
Alameda (mayo 09)
Ahora mismo estoy en el Techo de la Alameda, por un instante pensé en cometer un acto de traición que –por un lado- me parece enorme, pero -por el otro- solo me lo parece a mi, sea como sea, el acto no lo he cometido, aunque la verdad es que la tentación ha sido mucha, la comodidad muchas veces me convierte en un traidor, un traidor mediocre.
Por razones que básicamente tienen que ver solamente con mi apellido, mi estado civil, y mi desarraigo, desde hace poco más de una semana, vivo en cuarenta metros cuadrados –tal vez un poco más- que se levantan quince pisos frente a la Alameda Central… bueno, se levantan por detrás de otros quince pisos que – esos sí- lo hacen frente a la Alameda Central.
Soy el cuidador miserable.
Ya en mi primera adolescencia, en alguna ocasión visité las casas de segunda residencia de algún conocido o pariente mío (“indiano” en su caso) siempre en esas casas me sorprendió el hecho de que familias enteras vivieran en pequeños cuartos situados generalmente en la parte posterior de la casa y que se dedicaran –la familia entera- simplemente al cuidado y mantenimiento de la casa en sí, eran individuos que luchaban por llegar a ser una especie de espíritus imperceptibles que en la ausencia de si mismos y la presencia de sus obras radicaba su forma de vida. De ellos solo tenían que ser notorias sus obras de jardinería, albañilería, proveeduría y mantenimiento en general, pero jamás su presencia física, generalmente respondían a un solo nombre, y el resto eran los hijos, nietos, sobrinas, etc. de ese nombre en el que siempre quedaban englobados y al que se hacía referencia para nombrarlos. Muchas veces pensé en lo maravilloso que tendría que ser el hecho de vivir de forma “prestada” le llamaba yo, siendo el cuidador de una casa de segunda residencia, muchas otras pensé en lo miserable y servil que representaba -y representa para mi- tal forma de vida.
Ahora soy el cuidador miserable.
Cuidador, lo soy por lapsos de aproximadamente seis meses, miserable, lo soy siempre.
Por razones que básicamente tienen que ver solamente con mi apellido, mi estado civil, y mi desarraigo, desde hace poco más de una semana, vivo en cuarenta metros cuadrados –tal vez un poco más- que se levantan quince pisos frente a la Alameda Central… bueno, se levantan por detrás de otros quince pisos que – esos sí- lo hacen frente a la Alameda Central.
Soy el cuidador miserable.
Ya en mi primera adolescencia, en alguna ocasión visité las casas de segunda residencia de algún conocido o pariente mío (“indiano” en su caso) siempre en esas casas me sorprendió el hecho de que familias enteras vivieran en pequeños cuartos situados generalmente en la parte posterior de la casa y que se dedicaran –la familia entera- simplemente al cuidado y mantenimiento de la casa en sí, eran individuos que luchaban por llegar a ser una especie de espíritus imperceptibles que en la ausencia de si mismos y la presencia de sus obras radicaba su forma de vida. De ellos solo tenían que ser notorias sus obras de jardinería, albañilería, proveeduría y mantenimiento en general, pero jamás su presencia física, generalmente respondían a un solo nombre, y el resto eran los hijos, nietos, sobrinas, etc. de ese nombre en el que siempre quedaban englobados y al que se hacía referencia para nombrarlos. Muchas veces pensé en lo maravilloso que tendría que ser el hecho de vivir de forma “prestada” le llamaba yo, siendo el cuidador de una casa de segunda residencia, muchas otras pensé en lo miserable y servil que representaba -y representa para mi- tal forma de vida.
Ahora soy el cuidador miserable.
Cuidador, lo soy por lapsos de aproximadamente seis meses, miserable, lo soy siempre.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)