domingo, 22 de noviembre de 2009

Pulsión artística en dos actos

Primer acto

Sístole
Suplente de maestro que se toma insistentemente la hebilla del cinturón (Cámara en contrapicado)

Diástole
Diva del diseño (Fotografía digital)

Sístole
Mirada despótica entre telares (Monólogo)

Diástole
Sonrisa blanca sobre naturaleza viva y textiles (Técnica mixta)

Sístole
Instantes de depresión cantinera vs. instantes de alegría chelera (Pancracio)

Diástole
Conversaciones civernáuticas nocturnas (Novela negra)

Sístole
El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford (Color 35mm)

Diástole
Trastorno Compulsivo Nervioso Táctil Facial (TCNTF) (Diálogo)

Sístole
Impulso frenético in extremis con tendencia a la caricia del muslo (Ballet)

Diástole
Beso de semáforo en rojo (Novela histórica)

Sístole
Pasarela cromática alcoholizada (Danza contemporánea)

Diástole
Conmemoración del nacimiento de Jesucristo, aparición de La Criatura (Fresco)

Sístole
Pérdida del frontal superior izquierdo (Vodevil)

Diástole
Romance sobre colchón sin aire (Ballet Acuático)

Sístole
Regreso a los orígenes porcinos (Tragicomedia)

Diástole
Ausencia (Drama)

Sístole
Presencia (Carnaval)

Diástole
La Criatura y el Cerdo en el Ombligo Abismal (Cuento)


Segundo acto

Sístole
Premiación de luna plateada (Arquitectura Art Nouveau y Art Deco)

Diástole
Imposibilidad de la apertura de obsequios (Videoarte)

Sístole
Océano Pacífico, Mosquitero ondulante, Cerdo en la arena, Criatura junto al mar,
Lancha serpenteante, Esquite Placero (Libro de viaje)

Diástole
Dormir en Casa-Familia (Nana)

Sístole
Callejonear hasta llegar donde la luz nace, el agua se pisa y el arcoiris se perpetúa (Poesía)

Diástole
Cóctel Criatura (Gouache on canvas)

Sístole
Cristina del Agua sobre el Techo de la Alameda (Arte escénico)

Diástole
Fiebre de los puercos aislados (Ciencia Ficción)

Sístole
Bucle trimestral de ausencia (Arte in-sonoro)

Diástole
Dolor (Réquiem)

Sístole
You are the most important thing (Oda)

Diástole
Nadie como tu (Balada)

Tercer acto

Jordi

Casi 23 de noviembre de 2009

viernes, 31 de julio de 2009

El viento del Centro

Ahora ya no hay ninguna duda, el viento nace en el Zócalo, justo debajo del asta bandera y se reparte sin proporción por todo el Centro.
Unas cuantas cuadras más allá se acaba el Viento del Centro y con él se acaba el aire, todavía en Garibaldi, en Anillo de Circunvalación, Fray Servando y Reforma (no más allá del Colon) se puede oler y tocar un poco de viento.
Aunque es el mismo, el viento nace y muere cada día, solo lo hace para volver a hacerlo, cerca de la tarde nace y tan solo -entrada la noche- muere.
Nadie sabe más del Viento del Centro que Bolaño, basta con leerle para darse cuenta del nacimiento y de la muerte del viento.
Jordi

viernes, 17 de julio de 2009

Del agua

Ojos de Otoño es a pulsiones, rápidas y potentes, sístole y diástole… de ilimitada fuerza, en ella vive mi casa de ombligo abismal, mi única casa: “Casafamilia”, recoveco del llanto y de las pequeñas trascendencias a las que –a veces, solo a veces- podemos acceder.
Duerme en una terraza junto al mar, bajo arrecifes de coral y algas de un verde plastificado, cada noche cubre su sueño con cobijas desesperadas y repletas de pesadillas obreras, de esas que confunden el tiempo con el espacio y el hambre.
Ojos de Otoño tiene todos los nombres y con ellos hace malabares funambulistas que le permiten cruzar la ciudad descomunal casi todos los días.
Dibuja un cerdo sin diente y una criatura con un solo ojo, flores envueltas en satines pesados y ligeros, pieles de tigres rosas y de víboras moradas, texturas infinitas y diminutos íconos de cuarenta y dos centavitos, Ojos de Otoño nada en la alberca del techo de la Alameda porque ella es del agua y yo soy de ella.
Jordi

viernes, 19 de junio de 2009

Síndrome

No nació con tara alguna, nada en su código genético mostraba la mínima anormalidad, ninguna disminución física aparente ni mucho menos oculta. Obtuvo calificación de diez justo a partir del momento en que vio la primera luz, jamás padeció carencias alimentarias, jamás la negación de un servicio de salud, ya fuera prioritario o de una estética superficial abrumadora, creció dentro del seno de lo que llaman una familia funcional, contó con los más altos estándares educativos desde aquellas primeras incursiones escolares donde solo era capaz de arrastrarse y aún no podía controlar sus esfínteres, hasta alcanzar la licenciatura, el postgrado, y las consecuentes maestría y doctorado en el extranjero. Nunca padeció de la agresión de la intemperie, solo el aire confortablemente acondicionado, depurado, ionizado y filtrado entró en el par de pulmones que contenía detrás de unas enormes tetas perfectamente redondas y coronadas con un par de pezones respingados. Meticulosamente fueron seleccionadas sus amistades, ninguna de ellas fue dejada al azar –que poco tiene de venturoso- y solo la hierva selecta y bien podada y las aguas cloradas y contenidas en albercas de mosaicos de azul lustroso acariciaron su cuerpo de caderas imponentes y nalgas de silicona.
Si fue penetrada, hecho que desconozco pero que de antemano pongo en duda, lo fue mediando latex lubricado en genitales y sin lubricar en ambas manos, factor de vida que la acerca claramente a la Santidad mayúscula. Múltiples fueron sus viajes, múltiples las clases particulares y múltiples los maestros domiciliados, múltiples también sus incursiones en todas y cada una de las Bellas Artes, con resultados por demás esclarecedores de que para ella, los límites son absolutamente inexistentes.
Jamás escuchó la palabra no y –cabe pensar- que tal sordera parcial explica claramente la incomprensión del significado de la palabra.
Aunque es innegable que hay una contribución importante del entorno vivido, su estupidez suprema le pertenece esencialmente a ella, la estupidez suprema es toda suya
Paso a paso y tenazmente la consiguió hasta llegar a ser este ser monstruosamente vulgar y estúpido que se monta en una camioneta casi tan roja como la sangre que no corre por sus venas

Apuntes de la fiebre del puerco (mayo 09)

De noche camino por Reforma con rumbo fijo a Avenida Juárez, como creo que vale la pena repetir la experiencia, hoy vuelvo a caminar por Reforma.

En Dante la música es gratis para la mayoría y las aglomeraciones a la entrada de los bares son falsas, casi nadie quiere entrar, casi todos solo quieren oír.

He caminado poco esta semana por las calles del Centro, el deseo de hacerlo no ha disminuido, el tiempo si.
Hace unas horas estaba dispuesto a entrar en la Cantina del Tío Pepe, imagine con claridad la escena donde abatía con paso seguro las puertas cantineras y directamente me dirigía a la barra para recargar mi codo derecho sobre ella mientras pedía una cerveza, he llegado justamente a sus puertas de hojas abatibles pero me ha faltado el valor de abrirlas y empezar a cumplir con lo imaginado, he notado el fulgor de turquesa intenso de mi playera y he desistido de apoyar el codo derecho en la barra mientras bebo una cerveza, eso y la posibilidad de la escritura actual me han hecho desistir sin duda.

Camino descalzo hasta la ventana y tengo la gloriosa posibilidad de mirar al abismo del cubo interior desde este quinceavo piso.

Son días de fiebres de puercos que contagian humanos o viceversa, tiempos de pestes medievales e influenzas españolas reeditadas, de reclusión forzada por mandatos estatales que buscan mayorías en el Congreso.
Mientras los grandes "enemigos del Estado" han sido claramente identificados, los enemigos internos en forma de virus mutantes y los externos en forma de humanos de ojos rasgados y con acento cubano y argentino, la falsa osadía recae en unos pocos que hemos decidido quitarnos el tapabocas y los guantes de látex, nada de jabones ni líquidos viscosos y antisépticos, lo único que queremos es un café en el Café de La Habana

Entre polvos y polvorones, del Toledo al Savoy.
En el Savoy ofrecen lugares para parejas y mujeres solas, aventajan al metro y al Servicio Atenea que discrimina claramente a las parejas. Hoy proyectan “Pulp Friction”

Hay un abandono de palabras, tanta comodidad, tanto culto a la estupidez, tantas ganas de evitar a la razón y seguir tumbado frente a un televisor soportado por quince pisos de hormigón y acero.

Alameda (mayo 09)

Ahora mismo estoy en el Techo de la Alameda, por un instante pensé en cometer un acto de traición que –por un lado- me parece enorme, pero -por el otro- solo me lo parece a mi, sea como sea, el acto no lo he cometido, aunque la verdad es que la tentación ha sido mucha, la comodidad muchas veces me convierte en un traidor, un traidor mediocre.
Por razones que básicamente tienen que ver solamente con mi apellido, mi estado civil, y mi desarraigo, desde hace poco más de una semana, vivo en cuarenta metros cuadrados –tal vez un poco más- que se levantan quince pisos frente a la Alameda Central… bueno, se levantan por detrás de otros quince pisos que – esos sí- lo hacen frente a la Alameda Central.
Soy el cuidador miserable.
Ya en mi primera adolescencia, en alguna ocasión visité las casas de segunda residencia de algún conocido o pariente mío (“indiano” en su caso) siempre en esas casas me sorprendió el hecho de que familias enteras vivieran en pequeños cuartos situados generalmente en la parte posterior de la casa y que se dedicaran –la familia entera- simplemente al cuidado y mantenimiento de la casa en sí, eran individuos que luchaban por llegar a ser una especie de espíritus imperceptibles que en la ausencia de si mismos y la presencia de sus obras radicaba su forma de vida. De ellos solo tenían que ser notorias sus obras de jardinería, albañilería, proveeduría y mantenimiento en general, pero jamás su presencia física, generalmente respondían a un solo nombre, y el resto eran los hijos, nietos, sobrinas, etc. de ese nombre en el que siempre quedaban englobados y al que se hacía referencia para nombrarlos. Muchas veces pensé en lo maravilloso que tendría que ser el hecho de vivir de forma “prestada” le llamaba yo, siendo el cuidador de una casa de segunda residencia, muchas otras pensé en lo miserable y servil que representaba -y representa para mi- tal forma de vida.
Ahora soy el cuidador miserable.
Cuidador, lo soy por lapsos de aproximadamente seis meses, miserable, lo soy siempre.

lunes, 20 de abril de 2009

Enterrador de cuerdas

Enterrador de cuerdas

Soy de oficio enterrador de cuerdas de ombligos, y aunque es un oficio que ya me venía dado desde mucho antes de nacer, también es el oficio que escogí después de mirar la cuerda que dejó a mi ombligo mutilado, saltón y rugoso… enterrar cuerdas de ombligos -de las mismas con las que uno nace y luego se desprenden del centro de uno- es mi oficio por doble partida, como el de cualquier otro de mi estirpe; enterrar es mi oficio.

Soy la obra menor de mi tío, soy quien desde siempre le ha seguido a todas las visitas que periódicamente hace a los que acaban de nacer. Mientras él va diciendo sus oraciones largas y sus cantos cortos, mientras va repitiendo los rezos que le piden, yo, respetuosamente le espero afuera de los lugares hasta que ha terminado, solo para recoger de sus manos la cuerda de ombligo y salir caminando, lenta y ritualmente hasta llegar a la tierra para enterrarla. Cavo con las manos un agujero profundo, tan profundo como la necesidad que les evite el deseo oloroso a los perros y les deje el manjar carnoso a los gusanos ciegos y sin olfato, ese es mi oficio, ese es parte de mi oficio.

Con mi tío siempre caminamos y –como es lógico- siempre volvemos a los lugares, así es como lo dice la tradición escrita y hablada y así es como recojo de las manos de mi tío las uñas diminutas de los que tienen poco más de un mes de haber nacido para enterrarlas junto a la cuerda podrida de su ombligo y –más tarde- justo entre los cinco y los seis meses después de enterrar las uñas, volvemos a las casas a recoger el primer mechón de pelo para repetir la operación de enterramiento ante un agujero ahora renovado y repleto de vida.

Durante periodos esencialmente cortos y siempre junto a mi tío, nos abandonamos al descanso, al sueño profundo, a la glotonería, a las cervezas frías platicadas, a la música y al pensamiento nervioso, pero principalmente nos abandonamos a las lecturas equivocadas que nos indica mi primo Juan, él, mi primo Juan, siempre se muestra pendiente del porvenir y se asoma sistemáticamente a las ventanas abiertas e incluso alguna vez a las cerradas, supongo que es de tanto asomarse que le viene la compulsión a la lectura.

Después de nuestros cortos descansos, volvemos de nuevo a los lugares, es verdad que éstos regresos los hacemos de forma más esporádica, pero también más categórica, volvemos sin oraciones largas, ni mucho menos con cantos cortos, y siempre lo hacemos sin música, simplemente volvemos para enterrar diminutos prepucios e hímenes bajo la tierra y abonarla, hay tanta vida en ellos que más vale enterrarlos para evitarles un poco de dolor.

Es entonces cuando nos vienen los tiempos de lo que mi tío llama el “sinoficio”, que viene siendo como una especie de andar sin sendero, entonces nos dormimos en hamacas trenzadas con todos los colores y los hilos… si a mi tío le da por dormir, duermo, si le da por orar, le escucho en sus oraciones secretas, si le da por todo lo demás, a mí también.

En éstos periodos nuestras visitas a los lugares casi desaparecen, escasea el trabajo y con él la comida y la bebida, solo logra subsistir sin dificultad la posibilidad de las lecturas equivocadas que va indicando el primo Juan, es en éstos periodos de descanso forzado y prolongado cuando nadie quiere vernos de pie junto a la puerta de entrada a sus casas.

Nuestras visitas –las pocas que nos son permitidas- se llenan de nuevo de cantos, pero ahora son cantos melancólicos, cantos viejos y prestados… de la solitaria y acostumbrada voz de mi tío, pasamos a los coros y rumores generalizados, en muchas ocasiones incluso convertidos en cantos grotescos.

Mi trabajo entonces se limita al entierro visceral, al entierro de despojos muertos, un entierro envuelto en cal si solo me limitara a la tradición de las palabras y las letras, pero es gracias a los libros equivocados del primo Juan que –siempre a escondidas y siempre en contra de Dios- envuelvo las vísceras y los miembros mutilados en hojas enteras y arrancadas al Ulises, al Pedro Páramo, a La Soledad Demasiado Ruidosa, a Los Diarios y a alguna otra hoja más de las escasas hojas llenas de letras que logran la salvación de las vísceras y de los miembros despojados de los cuerpos.

De pronto nuestro oficio se renueva, las invitaciones a los lugares crecen de la misma manera en que decrece nuestro abandono al descanso, al sueño profundo, a la glotonería a las cervezas frías platicadas, a la música, al pensamiento nervioso, y a las lecturas equivocadas, ahora nuestras visitas se limitan a la recolección: nos llevamos los escasos y largos mechones de cabello que intentan cubrir sin lograrlo las frentes refulgentes de sus portadores, para éstos tiempos y en éstos lugares, los cráneos asoman ya y para nosotros es una muestra clara de que el trabajo, el oficio en este caso, simplemente ha terminado en el tiempo y la forma suficientes para volver a comenzar

Todos ellos saben su condena a la vida, yo se mi condena al entierro.

Jordi

Sin Objetos

Sin objetos

A Cristina de Kabul

La especie entera fue sacudida por una locura vieja, una desolación objetual, los individuos se convirtieron en el vacío que les provocaban todos y cada uno de los objetos que les arrebataron, los que perdieron, los que les robaron… la especie era simplemente el cúmulo de objetos que les habían quitado.

El viento había perdido el rumbo de las veletas y el único olor prevaleciente era del plástico quemado y fundido en amasijos de colores brillantes.Los monitores alumbraban el camino y en ellos se apreciaba con claridad la majestuosidad del objeto deseado.

Pretender no mirar era imposible, no desear era –cuando menos- un acto considerado de desacato, si la anulación del deseo objetual persistía, la comunidad se encargaba de la delación y el Estado de la ejecución de la pena correspondiente.

Mientras duró el proceso, la comunidad dispuso una serie de ornamentos a mí alrededor, decenas de supuestas comodidades cotidianas y la infaltable luminosidad azulosa de los monitores.

Cada vez que intentaba abstraerme y mantenerme cercano al recuerdo de mi cabeza recostada en tú ombligo abismal, los monitores enrojecían y repetían incansablemente la misma pregunta:

“-¿Para qué tanta luz si no quieres mirar?”

La condena –al igual que la pregunta- fue la esperada.

La respuesta:

"Para alumbrar nuestra ceguera"

Jordi