Regó con tantita arcilla la tierra amarillenta y rajada, nomàs de a poquito, la sacò del costalito mediano, quesque pa`que le agarrara el color naranja de la tarde, asì le dije, asì le hizo. Sacudiò las manos hora rojas, antes morenas, se sentó a unos pasos de la regazón, se descalzó y se quitó pantalón y calzón, lo templado de abril y lo previsor del Don le aconsejaron hacerle así. Metió las manos hasta las muñecas, bien dentro del costalito chico, las sacó blancas y agüecadas, cargadas de cal, se le acercó de nuevo a la regazón de arcilla y mero encima le vaciò el contenido, como que haciendo una raya, gruesa y blanca, fuè por otro tanto de cal y le completó la raya, hora se la miró como si fuera pájaro, desde lo mas alto que pudo, parado en las puntas de los pies,asì a ojo de pàjaro le dejò escurrir una poca de saliva de la boca, cayó como a una cuarta por encima de la mitad de la raya, ahì quedò la marca, se fuè al costalito chico por otro tanto de cal y le atravesò otra raya por encima de la primera, en la mera marca, se alejó unos pasos, nomàs pa`mirar el trabajo, se volviò a acercar a la cruz, le corrigió los pequeños puntos de cal que se habían desperdigado de las rayas gruesas, mirò de nuevo, le pareciò que estaba bien, el Don se alejo de la regazón roja, hora necesitaba orinar, solo se podìa quitar lo blanco de la cal con sus orines, con las manos blancas no podía tocar nada màs, asì le dije y así le intentaba hacer, nomàs que la orina no le quería salir del cuerpo, se arrepintió de no haber prevenido esa parte, recordó que había dudado entre tomarse la cerveza que traía en el morral antes de regar arcilla y cal o hacerlo justo cuando terminara todo el trabajo, previno la imposibilidad de orinar sobre sus manos con el pantalón y el calzón puestos, pero no previno que tal vez no podría orinar, el Don trataba de recordar el sonido de la lluvia, el del río, pero la orina no aparecìa, de pronto recordó a un cerdo chiclán que había tenido hacía unos años,“el miòn” le llamaban, del puro recuerdo, el Don pudo limpiar todo lo blanco de las manos, en pocos instàntes volvieron a ser morenas como casi siempre. Se puso de nuevo el calzón y el pantalón y se acercò a la cruz, justo frente a ella, cabò un pequeño hoyo, aunque la tierra era reseca y dura, las manos del Don lo eran más, sacó de su morral un olote y lo enterró, cubriò el hoyo con la misma tierra, caminò siete pasos en direcciòn al oriente y se sentò a mirar el aterdecer, era la hora en que tenía que terminar todo el trabajo, ya nomàs le faltaba cantar, así le dije y así le iba a hacer, se cantò “La Jarretona” esa le gustaba.
Hora pa`los siguientes meses, cada viernes primero de mes tenìa que ir frente a su milpa, sentarse mirando la puesta de sol, cerca de la cruz de cal y cantarse algo, si la lluvia y el viento borraban la cruz de cal no importaba, eso si, mientras más le durara, mejor sería la cosecha, así le dije, y aunque ya pa´l segundo mes estaba borrada por completo, el Don seguìa sentàndose donde mas o menos habìa estado.
Antes de visitarme, el Don le había intentado de otras maneras, la falta de buenos resultados hicieron que se cansara de todo, cada año sus cosechas eran peores, un año consiguiò un crédito pa`fertilizantes, regó el contenído de los costales por todos los surcos, a lotro año le dieron semillas transgénicas, eso sin dejar los mayordomajes del Santo Patrono, ni las misas, ni los diezmos, lo provó casi todo, y cada vez la tierra le daba menos, ya no importaba si las lluvias eran buenas, sus cosechas siempre eran malas, entre mala cosecha y mala cosecha, sus hijos se le fueron a trabajar al otro lado, fuè entonces cuando me vino a ver, empezó a preguntar y pues le dije como le tenía que hacer, ese mismo día que nos vimos se fué corriendo a contarle a la Doña, ella nomás se le quedó mirando y luego se fué, ya no la volvió a ver más. El Don se aferró a lo único que le faltaba intentar y se fuè a trazar una cruz de cal sobre tierra naranja, así mero como le dije, así mero le hizo. El primer mes se fué a cantar a la milpa justo al atardecer del primer viernes, era cuando todavía se veía toda la cruz, gruesa y blanca, terminó de cantar y se bebió la cerveza que había comprado en la tienda.Ya para el segundo mes empezó a ir a cantar todos los viernes de cada semana, no importaba si era laprimera, o la tercera, antes de irse pa`la milpa, siempre se pasaba por la tienda y se compraba la cerveza pa`después del canto, así no le dije, pero el Don siempre pensó que por echarle de más en los cantos, no le iba a echar de menos en maíz.Ya para julio, el Don se pasaba dos o tres tardes por semana cantàndole a su milpa mientras veía como iba creciendo, siempre con la cerveza en mano y, según decía él, el canto en el pecho. Las lluvias fueron justas ese año, serìa eso o sería la cruz, el olote, la arcilla y los cantos al atradecer, pero la milpa del Don iba creciendo como hacía años no se le vía crecer. En agosto el Don no faltaba ni un solo dìa a su cita frente a la milpa, hora se llevaba tres o cuatro cervezas dentro del morral y los cantos cada vez se le iban alargando, el repertorio musical se le terminò y empezó a repetir canciones, así no le dije que le hiciera, pero como el Don casi podía mirar como crecía día con día el cultivo, eso le impulsaba a cantarle todas la tardes a su milpa, se creía que aún le crecería más. Llegó septiembre, algunos compas del Don empezaron a recoger sus cosechas, él nomás seguía cada día cumpliendo sus visitas al atardecer, con sus cantos y sus cervezas, hora ya tenía que cosechar, la milpa le daba puro maìz pa`semilla, del puro bueno, del mejor. Ese viernes se pasó a la tienda y empezó a beberse algunas cervezas ahí mero en el mostrador, casi sin hablar con nadie, nomás pidiendo, bebiendo y pagando, cuando vió que era la hora de irse pa´la milpa, llenó el morral de lazo lo más que pudo de cerveza y se fué. Dicen los que lo vieron, que ya cuando iba con rumbo a la milpa ya se le veía retebien pedo, en veces hablando solo, hora mentando madres, hora risa y risa, hora cante y cante. Llegó justo al atardecer como cada día de los últimos meses, se sentó donde siempre, cerca de donde había estado la cruz blanca y volvió a cantar “La Jarretona”esa le gustaba un chingo y luego un trago, se le quedó mirando a los cerros lejanos, al cielo rojo y a su milpa preñada de maíz, bebió otro trago largo, cantó de nuevo mientras todo se iba poniendo negro, y a más tragos menos canto.
Al Don lo encontraron colgado de un árbol, bien pedo ybien muerto, dicen que más pedo que muerto, unos dicen que se le veía en la cara el gesto retador, como de quien quiere pelear y ya no puede, otros dicen que sele notaba en la cara la pura risa, yo creo que al Don la muerte le peló los dientes. Así le dije que le hiciera, y así le hizo.
Jordi
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