Somos hombres feos y pequeños, alejados de la luna, alejados de la tierra, cercanos al porno duro y a la fé. Hombres contrahechos, hideputas sin mesura. Hombres de genitales dubitativos, hombres vivos, Somos hombres repletos de células cancerosas, somos hombres vivos. Ya no hablan nada de nosotros, ya no dicen nada en nuestro nombre. Somos hombres vivos. Son hombres vivos Soy un pedazo de muerte culera.
Monstruo, septiembre 2004
Los Monstruos atormentados
A mi Compay, nomás de güevos
Y cuando despertó, el muy cabrón seguía ahí... con su puta panza descomunal, las tetas regordetas y la mínima tanga. Ella lo movió, más bien lo empujó, el Monstruo se revolvió entre el calor excesivo de un noviembre que justo comenzaba, Ella lo volvió a empujar, ahora con más fuerza, logró un bostezo acompañado de una especie de gruñido y del aliento que se podía cortar con un machete, pero ninguna palabra, la que habló fue Ella
-¿no que te largabas hoy cabrón? ¿no que ya te ibas ala chingada? Puras pinches mentiras las tuyas, vales para pura madre.
La miró de reojo, se levantó pesadamente de la cama y sin decir nada se dirigió al baño, mientras la orina fluía y repicaba contra el agua del escusado se continuaban oyendo los, ahora gritos, de Ella
-y no me vayas a salir con la mamada de que no te vas, ya estoy hasta la madre de seguirte manteniendo, toda mi familia se avergüenza de ti, eres un puto monstruo, un culero, una mierda.
Sin decir nada, el Monstruo se puso una camiseta negra y un pantalón, se calzó unas sandalias y empezó a meter las pocas pertenencias que se le permiten a un monstruo, menos pertenencias aún si el monstruo en cuestión es un monstruo jodido como éste, mientras iba metiendo compactos, cuadernos, playeras y demás chingaderas en bolsas negras, los gritos de Ella seguían sonando
-y no le hagas al pendejo con la ley del hielo, esas son mamadas, a mí me contestas pendejo, que ya sabes como soy de chingona, tu siguele con tus pendejaditas y te voy a mandar a que te pongan en toda la madre.
Dos pares de ojos más miraban sin curiosidad el embolse de las pertenencias del Monstruo, eran las hijas que se habían acercado a presenciar en primera fila el acontecimiento mil veces prometido y mil veces postergado, pero que por ésta vez parecía nuevo, la desilusión vino cuando notaron, que por lo menos y hasta el momento era una simple repetición de hechos. El Monstruo le hizo un gran nudo a cada una de las cinco bolsas negras y habló por primera vez en el día
-ahorita vengo
-“ahorita vengo”... ¿ahorita vengo? ¿Qué mamada es esa?¿a dónde vas? Nada que ahorita vienes, ahora te me vas pendejo, mira, así, mira, así
acompañaba el ”así” con un chasquido de dedos teatralizado con mucha experiencia
-Voy a hablar por teléfono, voy a la tienda
- vas a la tienda, muy bien, pues tráeme una bolsa de pan...ah y toma pendejo porque seguramente no traes ni madres de dinero.
Tomó de la mano a la hija menor y salieron con rumbo a la tienda, en el trayecto se detuvo en un teléfono público y marco el número de su hermano, en la familia del Monstruo, solamente él había nacido monstruo, ni sus padres ni hermanos habían adquirido tal característica monstruosa, cuando menos, no de nacimiento.
- ¿Me vas a prestar la camioneta? Bien, Si, Voy por ella, En una hora estoy por allá, Gracias. Adiós.
Compró el pan y volvió casi sin hablar, conforme los monstruos envejecen, tienden a hablar menos, y éste monstruo pasaba ya de los cuarenta y tres años, edad por demás avanzada para un monstruo jodido.
Dejó el pan y a la hija, se puso unos zapatos antes negros y volvió a salir
-¿y a dónde vas ahora?-voy por la camioneta, ya me la prestaron, solo la recojo, vengo para acá, cargo todo lo mío y me voy.
-conste cabrón, conste, ¿en cuánto tiempo estarás de vuelta?
-no se, unas dos horas, no se bien
-mira pendejito, nomás me sales con la mamada de que no te largas hoy y me cae de madres que mando a que te pongan en toda tu madre, y tu sabes que por algo me dicen la tiburona, así que ya sabes.
Caminó hasta la avenida, se subió al ruta 623 y se dio cuenta del incremento exponencial de monstruos en la ruta durante los últimos años, específicamente durante los últimos cinco o seis meses, como ya se ha dicho, tienden a la mudez y más aún si es que son del subgénero de los jodidos. Bajó en la avenida, recorrió las cinco calles a paso lento pero constante y el calor le pegó la camiseta a las tetas regordetas, mientras miraba los altos muros y las recortadas flores multicolores de las residencias que resguardaban su paso, intentaba pensar en un lugar para guardar las cinco bolsas negras y anudadas. Desde la reja, tocó el timbre de la casa de su hermano, del interior salió una mujer monstruosa, diminuta, vestida con un delantal blanco contrastante con el negro de su vestido y de su piel
-dígame
-¿no estará mi hermano?
-no señor, pero me dejó las llaves de la camioneta para usted, el chofer ya se la dejó en la calle
-no dijo mi hermano a que hora la necesitaba
-no dijo, pero volverá tarde, fue al aeropuerto con la señora a recoger a su hijo
-ok gracias.
La mujer diminuta y monstruosa se acercó a la reja y le dio las llaves a través de los barrotes, él le dio las gracias y emprendió el recorrido en busca de las bolsas negras. En el camino decidió llevarle las bolsas a otro hermano, éste padecía una enfermedad extraña, algo relacionado con orinar un líquido de olor y sabor similar al de la miel, quedarse paulatinamente ciego e impedido para moverse, él seguramente las podría guardar por algún tiempo en su casa. En cuanto abrió la puerta de la que sería por último día su casa, fue recibido por la retórica de los últimos tiempos
-¿Ya te largas?
-solo cargo las bolsas y me voy
-eso espero grandísimo güevón, pero no se te olvide que me tienes que devolver la estufa que le presté a tu hermana, no me vayas a salir con alguna de tus pendejadas
-no... es más, primero voy por la estufa
-a güevo que primero vas por mi estufa, hasta crees...me cae que vales para pura madre, de pendeja te dejo sacar tus putas bolsitas repletas de mierda, sino hay estufa no hay bolsas puto.
Volvió a salir con rumbo fijo, el asunto era sencillo, solo tenía que desconectar la toma de gas de la estufa y bajarla desde el tercer piso de departamentos de interés social donde vivían una de sus hermanas y su madre, el problema culinario, alimentario y económico que esto implica, no atañe a la vida de los monstruos y menos si son como el nuestro, es decir jodidos, el problema solo atañe a los sin-estufa.
El Rumbo fijo sufrió un cambio drástico de rumbo y lo fijó en otro rumbo. El cerebro de un monstruo vive del recuerdo, y nuestro monstruo recordó que su otra hermana, justo haría cosa de unos siete u ocho meses, cuando empezaba a dar signos claros de monstrualizar su existencia, un golpe de suerte tomado de la mano de un taxi y de la de un hijo descaradamente triunfador, generador de riquezas múltiples, icono del Mercado y procer del capitalismo salvaje había convertido a la familia más cercana, básicamente a la que vivía bajo su mismo techo, en grandes acaparadores de billetes de alta denominación, “pesados” decía el Mercadologo del Transporte; el Monstruo también recordó que en el cambio de imagen a una más cercana a la nueva realidad económica del Transportista de los Miserables, su hermana se había desecho de lo que le viene sobrando al que le sobra, simplemente porque puede sobrarle, entre las sobras había una estufa, el procedimiento era sencillo, primero había que ir por la estufa a casa de la hermana madre del Todo Chafirete, después había que llevarla a casa de la otra hermana, intercambiar las estufas y devolver la que era prestada, recoger las bolsas negras anudadas, llevarlas con el hermano de orín de miel y finalmente devolver la camioneta donde las residencias se tocan pared con pared. Con trabajo logró subir la estufa desechada a lacamioneta, se despidió de la hermana no sin antes escuchar la advertencia que pesaba sobre la cesión de bienes de una estufa sobre la cual se yergue el poderío absoluto del Devorador de Asfalto Previamente Taximetreado “Lo que es mío lo cedo a los muertos de hambre, quiero decir, a los jodidos muertos de hambre, quiero decir a todos ustedes”
Una hora después de la travesía de milpas se llega al cinturón donde se va pariendo a los monstruos, una hora antes también. El Monstruo llegó, me pidió ayuda para bajar la estufa documentada con la cesión de bienes, entre monstruos la solidaridad es nula, pero prometió pagar, no se porque, pero le creí, la subimos. En el segundo piso una anciana monstruosamente decadente recriminó nuestro lenguaje y coordinación
-No le diga güey
-No le digo nada señora
En el tercer piso apareció la madre del Monstruo con una sonrisa espléndida, me abrazó como si nos conociéramos de siempre, se sabe que las madres de monstruos sienten un natural afecto por los que padecen la monstruosidad al igual que sus hijos, detrás de la madre del Monstruo estaba la hermana, tomó el documento de cesión de bienes que aparecía justo sobre la estufa y lo leyó, acto seguido, con lágrimas en los ojos y los labios mudos dijo algo que nuestros oídos sordos de monstruo no pudieron escuchar, cuando tapó el pivote plástico que atravesaba su garganta y por el cual respiraba desde hacía unas semanas, los labios mudos tomaban las palabras que venían de la parte baja del abdomen y los acercaban a la monstruosidad de nuestros oídos
-llévatela, no la quiero, llévatelo todo.
El Monstruo me miró, su madre sonreía mientras me hablaba de su infancia en San Martín Texmelucan y del marido yacente bajo tierra jalisciense. El Monstruo abrió la puerta, con la mirada turbia hizo señas para que saliéramos, su hermana se frotaba las mejillas húmedas de lágrimas gordas y por el pivote plástico se le escapaba lo que hay en la parte alta del pecho, su madre lo miró con la sonrisa extendida al rostro anciano y fue cruzando sus dedos cruzados sobre la frente, los labios y la cara del ahora Monstruo Bendito, me tomó por el hombro y repitió las cruces y los murmullos que las acompañaron sobre mi frente, mis labios y mi cara monstruosamente bendita. Nos costo salir. Mientras bajábamos las escaleras, el Monstruo me volvió a mirar y por un instante me pareció que una lágrima escurría solitaria justo sobre la papada sudorosa, miró de frente, el Monstruo habló
-¿me puedes acompañar a terminar mi migración otoñal?
-Si
Subimos a la camioneta, atrás quedaba la zona paridera de monstruos, por delante nos quedaba la zona paridera de monstruos, a los lados enormes milpas alimentadoras de monstruos, del subgénero jodidos. Intentamos devolver lo que no era nuestro, devolverlo parcialmente, jodidamente, como a monstruos solo les queda hacer todo lo que hacen: La estufa desechada por ElYoSoyElSistemaEconómicodeTransporteColectivodelaZonaMetropolitana (Sistecozome pa´la banda) quedó simplemente así, desechada, solita junto al muro puberto y chaparro de la puberta y diminuta casita aspirante a residencia, nomás nos dijeron que la dejáramos donde el portón eléctrico librara su miserable existencia. La otra estufa nunca llegó a la cocina de la dueña original, después de unos minutos vi salir al Monstruo con dos bolsas negras en las manos y una promesa en los labios
-en una semana te traigo tu pinche estufa, solo una semana
-conste pinche güevon, una puta semanita más para que tu hermana y tu madre no lloren, nomás me la traes y te llevas las otras bolsas llenas de mierda...ah! y ami no me hables así pendejo que te rompo la madre, así, mira, así.
El Monstruo volvió al volante y en media hora llegamos a una casa que olía a miel y a meados, el mayor de los hermanos del Monstruo nos abrió las puertas de su casa y nos sentó frente a dos televisiones: una muda y otra ciega, bajó el volumen de la ciega que gritaba anuncios con euforia desmedida a juzgar por las imágenes de la muda, el Monstruo bajo sus dos bolsas negras y anudadas mientras el mayor de sus hermanos me explicaba la crisis de la economía del pueblo monstruolizado. Dijimos adiós justo en el momento en que el mayor de los hermanos preparaba una jeringa enorme que, según dijo, trata sin muchos resultados que su orina no tenga un olor y un sabor a miel.
El Monstruo condujo la camioneta hasta la avenida de muros enormes y flores recortadas y multicolores, se detuvo en una esquina, justo bajo la sombra de una jacaranda enorme, pensé que quería mear, pero no lo hizo, básicamente empezó a caminar, bajé tras de él, lo seguí, a mitad de un camellón enormemente divisorio se sentó recargado en el tronco de una palmera y empezó a llorar, la monstruosidad de un monstruo llorando es... insoportable.
Cuando el tiempo sosegó las lágrimas y el habla del Monstruo se pudo escuchar, le dio por gritar consignas monstruosas que lo condujeron a una decadencia tal que lo durmió.
Y como no despertaba, el muy cabrón seguía ahi.
Jordi
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario