“Cavaré mi propia tumba con las manos…y a dentelladas si es necesario”, lo anterior, es lo que le oí decir infinidad de veces a lo largo de tantos años en los que siempre tuvo lo que él llamaba “una clara tendencia al abandono y a la soledad”.
Me parece que fue al cumplir los trece años que le regalaron aquel libro de Antología Poética Española donde leyó aquello de las dentelladas en un poema de Miguel Hernández, al cual le hizo la adaptación necesaria para adelantarnos la forma en que terminaría muerto y enterrado.
Una parte de la historia, de la suya, él nunca la contó, y no lo hizo por temor a la burla fácil y porque siempre consideró que se rompía aquello que acostumbraba a llamar “el telón poético de fondo y forma” pero para eso estoy yo que lo único que haré será contarla tal cual… y con esto me refiero a que justo al siguiente año del libro de la antología poética y celebrando –sino mal recuerdo- su cumpleaños número catorce, mientras esperábamos que su padre llegara por la noche con el pastel y la cena, nos dio por llenar nuestro tiempo mirando una película de El Santo por la televisión, en ella enterraban, aún con vida, dentro de un ataúd de madera y con tres metros de tierra encima, al mismísimo Enmascarado de Plata, el héroe en cuestión lograba girar y ponerse boca abajo dentro de su diminuto recinto mortuorio, utilizando toda la fuerza que le restaba, que obvio es decir que era descomunal, empujaba la tapa de la caja y con ella los tres metros de tierra apisonada que habían depositado sobre ella para enterrarlo en vida, la tierra se removía y el Santo, El Enmascarado de Plata, salía sano y salvo a la superficie, esta escena increíble solo reservada a héroes de la talla de El Santo, marcó aún más lo que habría de ser su anunciado final, aunque esto él siempre lo negó y es que una cosa es gritar un día si y el otro también que se cavará la tumba propia con las manos para enterrarse en ella y dejar así “esta vida horrenda” y otra muy distinta es hacerlo. Con la película del héroe de la máscara de plata existía una mínima posibilidad – ante nuestros ojos adolescentes – de dar marcha atrás al mecanismo del autoentierro, simplemente había que darse la vuelta y ejercer una fuerza tal que la tierra temblara y se abriera a nuestro paso, claro está que seguramente no cayó en la cuenta de que aquello era una película y que él distaba mucho - en todos los sentidos - de ser El Enmascarado de Plata.
Tanta repetición de su muerte y entierro adelantados, así como de la clara tendencia al abandono y la soledad, terminó por alejar de él a casi todos los que lo rodeaban, cerca de los cuarenta y cinco años se podría decir que era yo el único que le visitaba de vez en cuando en el diminuto departamento en el que vivía en el centro del Pitillal de Vallarta, acompañado siempre del eterno sonido de los ventiladores enfrentados a nuestras caras para poder mitigar, aunque fuera un poco, el tremendo calor de la zona y el específico de su departamento. Decía que de tanto repetirlo, había terminado por tener verdaderamente una vida de abandono y soledad, sus trabajos siempre eran incipientes y más pronto de lo que tardaba en ser contratado, era despedido de forma irremediable, sea como sea de alguna manera obtenía el dinero necesario para comprar algo de comida y bastante cerveza que siempre bebía en paseos que iniciaba en el malecón y que terminaba enfrentado a sus eternos ventiladores hasta caer sumido en un profundo sueño que se asemejaba cada vez más a un coma etílico y a la muerte.
Esa última visita que le hice lo noté aún más ligado que de costumbre a la idea de la muerte y el entierro y mucho más al consumo de cerveza, solo que había un algo distinto en el trato que le daba a la muerte, a cavar su tumba con las manos, a las dentelladas… de la actitud entre retadora, provocadora y “poética “ -decía él- que a lo largo de su vida siempre le había caracterizado al tocar el tema, ahora más bien su actitud era temerosa, incluso profundamente temerosa y también práctica, lo era en el sentido que ahora anunciaba su muerte y autoentierro a partir de la practicidad que le proporcionaba morir sin tener que molestar a nadie para que le prodigara algún tipo de cuidado en el supuesto de que cayera en alguna de las múltiples enfermedades crónicas que en últimas fechas mencionaba a cada instante como si de un catálogo infinito se tratara, sus reflexiones al respecto me parecían totalmente ilusorias, ¿a quién creía molestar con su posible enfermedad crónica y el desenlace mortal, si absolutamente nadie se ocupaba de él, ni le visitaba, ni siquiera pensaban en él? Es cierto que de tanto en tanto y por algunos días, que nunca excedían de tres, yo lo visitaba en el departamento caluroso del Pitillal, pero una cosa era mi visita casi caritativa y otra muy distinta era ocuparme de su imaginada enfermedad y de su muerte, ambas, francamente me tenían sin cuidado.
No se sabe muy bien como es que murió aquel miércoles de Semana Santa, en un caluroso Vallarta invadido de turistas principalmente tapatíos, mucho menos se sabe de los motivos que le llevaron de forma definitiva a cavar su propia tumba con sus manos y a dentelladas si es que le fue necesario, especulaciones hay muchas, se le atribuyen deudas impagables, actos inconfesables, amores rotos y hasta un simple error en el cálculo de la cantidad de oxigeno que se puede contener dentro de un ataúd de madera blanqueada, sea como sea murió, eso sí, antes de hacerlo preparó perfectamente desde la compra del ataúd de madera blanqueada e incrustaciones de papel dorado, la transportación del mismo hasta el Cementerio de Nuestra Señora de Los Remedios, seguro estoy de que –durante días- con tan solo sus manos y posiblemente a dentelladas si es que le fue necesario, cavó el agujero que a la postre fue su última morada y sin lugar a dudas contrató a algún demente que lo cubrió con tres metros de tierra para luego marcharse tranquilamente y perderse entre las olas del Pacífico. No estoy seguro de los motivos, me inclino más por el quebranto amoroso y esto solo porque recuerdo que en mi última visita al departamento calurosamente infernal del Pitillal, me habló de la belleza del color azul, empezó hablando de las tonalidades del mar, de las otras tantas del cielo, y ya de forma incontenible, con un fraseo frenético me habló de las tonalidades azules de los ojos y esto tiene claros tintes azules de quebranto, claros para mí que le conocí desde que –sino mal recuerdo- cumplió trece años y le regalaron el libro de Antología Poética Española y desde ese mismo día nunca volvió a hablar de forma tan frenética como la vez de las tonalidades azules de los ojos y -la verdad sea dicha- por un clarísimo detalle que se encontró algo así como un año después de su muerte cuando yo mismo le fui a visitar y al no saber nada de él e iniciar ésta investigación, cuyo fruto evidente, es lo que ahora leen, logré encontrar su tumba y poder exhumar –en presencia del MP- su cadáver…allí estaba, dentro del ataúd blanqueado, recostado y boca abajo, inmóvil y tranquilo como la muerte misma que le atesoraba y con lo que -a primera vista nos pareció- una bolsa en la cabeza que por un momento me hizo dudar a mí y hasta la fecha les hace dudar a los del MP, si es que no era producto de un homicidio lo que había llevado hasta ese cementerio a mi amigo de la adolescencia, mi primera duda quedó disipada cuando alguien puso boca arriba al cadáver y pudimos percatarnos de que lo que ceñía su cabeza no era otra cosa que una máscara de El Santo, un poco sucia por el tiempo y con unos extraños círculos alrededor de los ojos coloreados en “todas las tonalidades azules de los ojos”
Jordi
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3 comentarios:
En la obra inacabada 'Corazón coraza', Celaya, poeta amigo de Hernández, describe cómo un corazón desamparado se tambalea y desaparece:
'En la luna hay cine mudo'.
Otro gran cuento, cuentero.
Genial mi querido Cuentero, me da gusto que el ambiente Vallartense haya sido fuente de tu profunda inspiracion
QUÉ GUSTO ME DA VERTE SONREÍR Y HASTA QUE PONGAS TU MÚSICA DENSA Y ,MENOS AGUITADA.SIGUE SONRIENDO CIAO
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