martes, 25 de septiembre de 2007

El sueño de la gente muda

Esa noche, como todas, cenó solo, leyó quince páginas de un libro de forros rojos y se durmió, tuvo el sueño de casi siempre y que tanto le inquietaba, en el que aparecía rodeado de gente muda que le intentaba decir algo que le era imposible comprender.
Por la mañana, como todas, desayunó solo, salió a la calle y caminó durante una hora y doce minutos hasta llegar a las puertas de un edificio con anuncios de contadores públicos y médicos urólogos en la fachada, entró en él y subió al elevador que se detuvo en el segundo piso donde subió una mujer y un niño tomado de su mano, reemprendió el ascenso y se detuvo en el cuarto piso donde un hombre calvo dudó por instantes en entrar o no al elevador, terminó decidiendo que entraba justo en el momento en que la mujer y el niño salían, lo cual impidió que entrara y que terminara decidiendo mejor no hacerlo, el elevador ascendió de nueva cuenta y se detuvo en el sexto y último piso donde él bajó solo, como todas la veces.
Recorrió la T que formaban los pasillos internos del edificio en el sexto piso y se introdujo en el despacho 666, en el cual, por cierto, no aparecía ningún tipo de letrero.
Ya en el interior se sentó, como siempre, ante un escritorio de medidas y peso descomunales, repleto de múltiples gavetas y pequeños cajones por todos lados, abrió uno de ellos, extrajo unos papeles manuscritos y se dispuso a leerlos, cuando terminó de hacerlo los depositó en un rincón del escritorio y –abriendo otro pequeño cajón- repitió la fórmula de la lectura y el acomodo, cuando hacía ya tres horas que había llegado al despacho, el escritorio lucía repleto de manuscritos que guardaban cierto acomodo sobre el escritorio, en ese momento sonaron unos débiles golpes en la puerta, acompañados de una voz masculina que gritó claramente:
“¿va a querer para hoy? mi Satanás"
Él ni se inmutó, no respondió a la pregunta y continuó con su lectura.
A las tres de la tarde extrajo de uno de los cajones una fiambrera y devoró el contenido en menos de trece minutos, eructó, se limpió la boca con el dorso de la mano y se levantó al baño donde -por espacio de casi media hora- defecó, cuando regresó al escritorio inicio la labor contraria a la de la mañana, es decir que fue recogiendo uno a uno los papeles manuscritos del escritorio y sin leerlos los fue guardando en los diferentes cajones y gavetas, solo interrumpió tal labor en dos ocasiones, ambas para beber de un líquido semejante al agua pero de tonalidades verdosas.
Cerca de las cinco de la tarde, exactamente cuando faltaban cuatro minutos para que se cumplieran, terminó de guardar el último de los papeles, tranquilamente se recostó un poco sobre el sillón y cruzando sus pies y manos, subió los primeros al escritorio, en ésta posición permaneció hasta que el sonido de un midi con el tema del Avispón Verde de un despertador digital le hizo ponerse en pié rápidamente, salió del despacho y bajó por el elevador, ésta vez y como siempre, completamente solo.
Cuando llegó a su casa esa noche, como todas, cenó solo y se fue a dormir sin leer, el sueño de la gente muda no se repitió.
El siguiente día fue exactamente idéntico al que le precedió, incluso en la noche, después de cenar solo, como todas las noches, no leyó nada y tampoco se repitió el sueño de la gente muda, así es como decidió por única vez en su vida que si quería evitarse el sueño perturbador de la gente muda, lo mejor sería dejar la lectura y eso hizo, a partir de esa noche y de forma totalmente consciente, nunca más volvió a leer antes de dormir y tampoco a soñar ni sueños perturbadores ni de los que no lo son.

Jordi

1 comentario:

Anónimo dijo...

Bienvenido querido cuentero. Muchas gracias por escribir en estos tiempos tan difíciles.
Yo no hice como el cuento así que esta noche soñaré 'atributos, gestos, lomos hirvientes de corcel, águilas, cetros, ballesteros y muerte; sólo una cegadora, bruñida altanería'. La realidad.