viernes, 25 de enero de 2008

Muertos Mezcaleros

Muertos Mezcaleros


“Si la necesidad del hombre es que a cada día le suceda una noche y que a cada noche le suceda un nuevo día, la muerte de todos y cada uno de los sectarios inocentes tiene que estar tan garantizada como el reflejo que provocan estas letras en tus ojos.”
Gran Libro Sagrado de los Muertos Mezcaleros, Capítulo I



El inicio del legado

Lo demás, lo que seguía, nunca llegó, la pérdida era absoluta y total, desde el último baile de sombras lánguidas, sombras partidas a la altura de la cintura por un bloque enorme de concreto, nunca la volví a ver, pausadamente caminó sin despedirse en dirección concreta rumbo a un coche negro, mientras se alejaba, con claridad se podía escuchar el final de “Los restos del naufragio”.
Fueron los Muertos Mezcaleros los que se la llevaron.
Ante la soledad abrumadora, no tuve más remedio que irme, con mucha dificultad logré caminar arrastrando el alma, que en tales momentos, el alma de un sectario inocente, la mía, pesa más que la carne y los huesos que tratan de contenerla sin lograrlo.
Los Muertos Mezcaleros son unos hijos de puta.
Es verdad que tienen la condición de los dioses, justamente porque eso mismo es lo que son: dioses verdaderos, desmesurados, crueles e hijos de la Gran Puta, y es por eso que ahora mismo, sustentado sobre la única fortaleza que me resta, la falsa que aportan mis dos pies y la verdadera que aporta mi condición de inocencia sectaria, es mi grito el que reta a todo su poder y con él sé que me condeno a la muerte por decapitación.
Nada hay ya que se me pueda perder, nadie, ellos, los Muertos Mezcaleros, arropados en el conocimiento que tienen de lo ridículo de su aspecto, con esa característica frente amplia y blanquísima, las cuencas vacías de los ojos, la multiplicidad de tonalidades de amarillo repartidas en cada uno de sus dientes enraizados a unas encías descarnadas y la carencia de lo único que los podría hacer humanos y por lo tanto negarles su condición divina: la nariz, los Muertos Mezcaleros no tienen nariz… y por supuesto el olor, ese olor que solo el mezcal es capaz de otorgarle a las mortajas en las que los envuelven para divinizarlos.
Han sido ellos los que han convertido en rito para todos sus seguidores el hecho de la decapitación de todos nosotros, de todos los sectarios inocentes, han sido ellos quienes nos han declarado la guerra, una guerra donde los sectarios inocentes morimos con la cabeza separada del tronco a manos de los dioses en una lucha del todo desigual, para nosotros el infierno de la derrota, para ellos el Paraíso de la victoria, estando ya en él, a lo único que aspiran es a continuar permaneciendo eternamente, con esa visión divina de la eternidad.
Me lo han quitado todo, sólo les falta –y no tardarán en hacerlo- arrancarme de un tajo la cabeza, es por eso que me han orillado a ésta última lucha, porque no puedo ya tener miedo de nada ni de nadie, ni siquiera de los Muertos Mezcaleros, ni de su divinidad, ni de ninguna pérdida, a mi sólo me restan las palabras y con ellas es con las que lucho, es con ellas que les repito que ustedes, dioses, Muertos Mezcaleros, son simplemente unos hijos de la Gran Puta, tendrán mi cabeza cercenada, pero no tendrán mis palabras, éste es mi legado. A cada letra escrita sobre el papel, aguardo con tranquilidad el momento en que derriben la puerta de mi habitación a golpes, se que llegará el momento en que todos sus seguidores eufóricos darán inicio a la destrucción de todo lo que soy, con casi todo podrán, podrán conmigo, pero no con mi legado, este legado de palabras que llegará de mano en mano, de boca en boca hasta los oídos de más y más sectarios inocentes y de entre ellos habrá alguno que estará dispuesto a sufrir la condena de perder la cabeza y perderlo todo a cambio de proseguir con esta lucha perdida.
Ahora mismo ya escucho el tumulto que se acerca, el sonido del motor del coche negro que los dirige y el rumor de las oraciones que le prodigan a los Muertos Mezcaleros para que les ayuden a encontrarme, puedo escuchar como se golpean los muslos y los brazos como una muestra de fervor y entrega total al rito, seguramente algunos ya se habrán mordido la lengua y las mejillas en su cara interior y estarán escupiendo sangre que después se untarán en la frente, salvo esa ritualidad extrema, ni los Muertos Mezcaleros ni su iglesia, representan nada, ni tan solo logran representar al vacío.
En esto no estoy solo, lo he preparado todo, ni con todo su poder han sido capaces de impedírmelo, en un rincón de la habitación se encuentra acurrucada y temblorosa quien habrá de llevarse de aquí estas palabras y tendrá la obligación y el deseo de hacerlas llegar a otros sectarios inocentes, será la portadora del legado de palabras, aunque es evidente su temor, también lo es la decisión de comunicar el legado.
El tumulto se está acercando, desde la ventana de la habitación ahora ya puedo verlos como se acercan poco a poco, como continúan golpeándose y escupiendo sangre mientras voltean a mirar al cielo de los Muertos Mezcaleros, la fe del hombre del coche negro es quien les dirige los pasos, él y los dioses.
Con estas palabras me he despedido de ella:
-Vete ahora, el tiempo ya no es nuestro, se huele en el aire el olor a mortaja mezcalera, se escuchan en la calle los rezos y el sonido seco de los golpes, vete ahora mismo.
Después le he tomado la cintura y con un beso en el pecho nos hemos visto por última vez, tan cerca han estado nuestros ojos que la he dejado de mirar desenfocándose envuelta en una neblina blanca.
Pronto ha salido con el legado escondido entre la ropa, en silencio.
Ya escucho como algunos ya han empezado a subir las escaleras de este edificio, pronto estarán aquí y pronto también, mi cabeza rodará por el suelo de la habitación mientras ellos entonan sus cánticos y me escupen su sangre –ahora sí- divinizada según cuentan las escrituras de El Gran Libro Sagrado de los Muertos Mezcaleros en el capítulo II.


El legado continuado

Hasta aquí lo primero que se escribió y que yo me llevé en silencio aquella tarde, fácil es imaginar que todos entraron y que en poco tiempo su cabeza rodaba por el suelo mientras cantaban fervorosamente entornando los ojos al cielo de los Muertos Mezcaleros.
De mi huida escatimaré los detalles, nunca se sabe en manos de quién puedan caer estas páginas, solo les diré que el legado se ha preservado y que poco a poco ha ido creciendo, es verdad que cada día somos menos los sectarios inocentes, que cada día ruedan más cabezas al desprenderse de los troncos que las sostienen, pero también es verdad que cada día nuestra lucha adquiere mayor fuerza y relevancia, siempre sin dejar de ser una lucha perdida, es aquí mismo donde radica su fortaleza, en la aceptación de la derrota, en el conocimiento absoluto de que ésta es una lucha absurda en la que de antemano sabemos que sólo a ellos, que por algo son dioses, les pertenecerán todas y cada una de las pequeñas victorias y por consiguiente la gran victoria final, aquella en que el último de nosotros, el último sectario inocente caiga de rodillas ante la iglesia de los Muertos Mezcaleros y su cabeza sea desprendida del cuerpo de un solo tajo, ese día –cercano ya- según las escrituras del Gran Libro Sagrado, el mundo será nuevo, nuevo y verdadero, el mundo esperado por ellos y por su iglesia, un mundo que nunca más tendrá que cargar con el lastre representado por la inocencia de un pequeño grupo de sectarios.
Es hasta aquí que mi colaboración a éste legado continuado se detiene, de nuevo ellos y sus dioses han dado con mi paradero y de nuevo es mi huida la que puede permitir –tal vez- que solo se cercenen más y más cabezas y nunca estas páginas, yo tampoco estoy sola en esto, pero es hasta aquí donde mi continuidad termina.


El final del legado

No entiendo claramente cómo es que todas éstas páginas amarillas han llegado hasta mis manos, no se quiénes son ellos, los que me antecedieron en la escritura, ni mucho menos reconozco ninguna inocencia ni ningún sectarismo en mi persona, ni tan solo en la de ellos, si he continuado con esta escritura es simplemente por el deseo que tengo en ponerle fin a algo que a todas luces permanece inacabado, la conclusión es la que me mueve a hacerlo, la conclusión y la certeza de que éste es el mundo nuevo, nuevo y verdadero, el mismo mundo que siempre ha sido nuevo y verdadero, por otro lado el único mundo posible, el mundo de Los Muertos Mezcaleros, el nuestro.


“El polvo se sostendrá quieto ante tu mirada y La Luz, la Luz de nuestras frentes blancas lo atravesará como el filo de una daga atraviesa el cuello de los pecadores hasta separarlo de su tronco, sabrás entonces que ha llegado el primero de los días del mundo nuevo y verdadero, el Mundo de los Muertos Mezcaleros.”
Gran Libro Sagrado de los Muertos Mezcaleros, Capítulo XV

Jordi

4 comentarios:

cristina orozco cuevas dijo...

los muertos mezcaleros siguen presentes, solamente que la fuerza de los sectarios se intensifica con el amor

Anónimo dijo...

aquí sí te pasaste!! no entendí nada!!! quizás por el exceso de mezcal que te tomaste!!! buen viaje amigo!!!1

maggie

Anónimo dijo...

qué buena peda!!!!!!!!
jajajjajajajajajjajaaj

Anónimo dijo...

qué buena peda!!!!! jajajajajaja
maggie