La bestia ya venía herida cuando se acercó a nosotros. Mientras que con su mirada suplicaba la clemencia de la muerte, con el lomo encorvado y el pelo erizado nos retaba a arrebatarle la vida, en realidad solo lo intentaba, pero claro estaba que la herida que le atravesaba el pecho era mortal y que aunque arrastrándose conservara ciertos rasgos de dignidad, los espasmos de la muerte la mostraban reclinada justo al borde del vacío.
Era una bestia orgullosa y su némesis le dictaba una muerte modesta, simple… nunca nadie y mucho menos las bestias pueden cuestionarnos, levantarse un palmo de la tierra que pisan.
Entonces alguno de nosotros pidió clemencia para la bestia.
Un diminuto puñal –me parece que sostenido por una mano femenina- rompió de un tajo al viento y con otro movimiento rápido se hundió entre las cervicales de la bestia que al instante blanqueó su mirada y cayó fulminada, un cordón de sangre de color fiusha eléctrico emanó de la herida y por la boca, la bestia contrajo por última vez los músculos abdominales y vomitó. Del charco emergió un pequeño loro que detenidamente se limpió todas y cada una de sus plumas antes verdes y ahora eléctricamente fiushas, cuando hubo terminado a medias la tarea y sintiéndose claramente observado, miró al cielo y con su voz de loro verde de lengua negra nos dijo, o más bien nos grito: “epitafio” pasados unos instantes repitió: “epitafio” y algo más que nadie pudo comprender.
El loro se contoneaba con su andar de loro mientras repetía aquello del “epitafio” una y otra vez… en un principio a todos nos pareció gracioso, pero pasados los primeros “epitafios”, tanta repetición y el horrendo tono de voz de loro verde de lengua negra, nos empezamos a cansar primero y a desesperar después.
Entonces alguno de nosotros pidió clemencia para el loro.
Un diminuto puñal –me parece que sostenido esta vez por una mano masculina- no rompió nada, directo se fue contra el pecho verde del loro que rápidamente aleteo siete veces, justo las necesarias para ponerse a resguardo de la muerte.
Aferrado a una rama alta y sobre una sola pata, mientras que con la otra se acicalaba el encorvado pico, el loro aleteó otras siete veces –tal vez nueve- y con su grotesca voz de loro verde de lengua negra, nos dijo a todos:
“epitafio, amo a la bestia orgullosa, epitafio, epitafio”
Después intentó volar y no pudo, contoneándose con su andar de loro, poco a poco, se largó.
Jordi Bestia Orgullosa
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2 comentarios:
Jordi bestia orgullosa,amante del color verde y el fiusha, epitafio, epitafio, epitafio, epitafio, epitafio, epitafio!!!!!! jajajajaja
Querido cuentero:
Un cuento mitológico, el primero, que sepa yo. El loro en las casas de los pueblos de Andalucía repite los conceptos fuertes.
Un cuento que, además, tiene una palabreja de la reformada literaturaja de los cuentejos.
Gracias, cuentero.
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