Hacía un año que había partido rumbo a París, hacía un mes y medio que no mandaba ningún correo, hacía tres meses que me había enamorado de la imagen mental que me había hecho de ella, hacía un día que había logrado romper mi inquebrantable temor al rechazo y la había invitado al cine, hacía unas horas que había argumentado labores impostergables que justificaban su ausencia en la butaca contigua a la mía, hacía dos semanas que estaba internado en el hospital en espera de la penúltima prueba y el penúltimo resultado de la misma, hacía un día que estaba recostado en la cama de su hija en espera de la fecha posible para intervención quirúrgica, hacía años que su corazón latía a latidos débiles, hacía días que esperaba la siguiente sesión de quimioterapia, hacía días que esperaba la próxima sesión de radioterapia, hacía días que esperaba la última sesión de vida, hacía días que esperaba la confirmación de la reservación del vuelo México, Londres, Barcelona, hacía casi un año que esperaba la resolución judicial exculpatoria, hacía dos semanas que esperaba la postergación de su entrada a quirófano, hacía un mes que no tecleaba una letra, hacía días que las lágrimas no podían salir del cautiverio de sus lagrimales, hacía segundos que les permitieron la visita conyugal y se tocaron e hicieron el amor las zurdas y las derechas, hacía días que la chingada convivía cada vez más amorosamente con todos nosotros, hacía días y hacía noches, hacía días que no tenía tantas ganas de decirles de la manera más atenta y amable que en éste instante me voy a amar a la chingada, a amarla intensamente a llorar sobre su chingado pecho, sobre su chingada cara.
Hacía momentos, instantes que no hacía nada.
La muerte está viviendo conmigo, me abraza y me besa en la frente, me da golpes cariñosos en la espalda, luego ríe a mis espaldas, ahora ya no cabemos en el cuarto, ella les habla a todos y los enamora, sabe como hacerlo.