Fue por la noche, no recuerdo la hora, pero seguro que alguno de los presentes lo tendrá anotado, bajó corriendo hasta la playa sin detenerse, solo paró cuando estuvo frente a la enorme fogata. Por un buen rato, horas tal vez, se le quedó mirando con fascinación ancestral, con la cara enrojecida y el reflejo de las llamas más altas en las pupilas.
Entonces saltó.
No se escuchó nada, ni un solo grito, ni un gemido siquiera, solo el olor, ese olor a nuevo, ese olor a libro recién impreso.
Aquella madrugada nos cubrió una lluvia fina de millones de cenizas puras y renovadas.
Jordi
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