miércoles, 4 de julio de 2007

La Capilla del desierto

La Capilla del Desierto

Para las almas negras y brillosas de Alejandra y Zona

I
Usted señor, por favor señor, solo usted me puede ayudar señor, estoy seguro de que solo usted me puede ayudar señor, solo usted mero es quien conoce de veras el poder, de veras, de veritas, el poder verdadero, señor, por una sola vez le pido que lo utilice en mi humilde beneficio, solo por ésta vez, prometo que no lo volveré a molestar nunca más, tiene mi palabra señor, si es que de algo le sirve, me tiene a mi, señor, si es que de algo le sirvo, no se muy bien si le tengo que contar todo o si usted ya va mirando, con el poder de sus ojos y de sus santitos de los espejos, de lo que yo le quiero decir, ora que nomás por descansarme del alma, déjeme que le platique yo mismo como es que mi padre ha sido quien me ha traído caminando hasta la mera entrada de ésta capilla, su capilla señor, La Capilla del Desierto y no es verdad pues, que mi padre haya venido caminado a mi lado, o más bien, como él solo sabe hacerlo, delante de mi, arrastrándome hasta la entrada de la Capilla, no, ni Dios, ni su Santa Madre quieran tal cosa, decir que he venido con mi voluntad, sería mentirle señor, y eso, usted lo sabe y lo sabe bien, fue mi padre, quién no me dejó más salida que la entrada al desierto, la caminata del silencio perpetuo a través de la noche arenosa y reseca, a través del día amarillo como si fuera el jijo del mismísimo infierno, apestoso a puro animal sin sombra, a pura biznaga gorda de arañas y podrida de adentro, fue él quien me hizo caminarlo por días hasta llegar a su bendita capilla señor, a su Santa Capilla y perdone que le suene a una adulación desmedida señor, pero he de decir verdad y es que la mía, ya no era lo que se dice una vida de hombre, la mía era lo que se dice una vida de perro, o tal vez ni eso, fíjese que nomás se me iba todo en obedecerle a mi padre, en sus palabras primero, en sus miradas después, en sus gestos aluego y en su pensamiento ya al mero final que no ha llegado.
Pa´mi que todo esto del poder y la obedecida empezó justo en yo naciendo, justo en yo llorando y él en hablando pa´ordenar y pa´prohibir, pa´decir de que si y de que no, y uno de niño, pus que chingaos, y perdone usted la expresión señor, pero, pus que chingaos iba a hacer yo, sino obedecer en todo movimiento y en toda palabra de mi padre y pues de ahí pa´l real señor, le digo… le decía, primero obedecía cada una de sus palabras o de sus órdenes, que ha de saber usted señor, que en mi padre las palabras y las órdenes son una misma cosa y sin diferencia, ya después aprendí a entender el poder que nacía de sus ojos: él nomás miraba, yo nomás obedecía, póngase usted por ejemplo que sus ojos miraban de canto pa´llá, mis pasos de frente pa´l mismo lugar de su mirada, que sus ojos miraban de canto pa´otro lado, mis pasos de frente hasta el lado mirado, que sus ojos mirando de frente a los míos, pronto los míos a mirar de canto, nunca de frente, “de frente sus pasos, nunca su mirada mi hijo” decía mi padre…ya después fue el gesto señor, el poder de su gesto pues: que las arrugas en su frente morena, que mis piernas corriendo, que la frente alisada y serena, que mis piernas quietas casi como dormidas, que sola una ceja bajada o alzada, que yo dormido sin sueño, que ambas dos cejas bajadas o alzadas, como que pelando los ojos, como queriendo jalar más aire del que le cabía en su cuerpo empoderado, que yo llorando, así señor, llorando señor, así nomás por no entender, que ha de saber señor que es de lo peor que le puede pasar a un hombre y cuantimás si ni hombre es: no entender, y yo señor no entendía, ni entiendo. Ya al final señor, nomás se me iba en obedecerle al pensamiento de mi padre, ni siquiera se necesitaba su presencia para que mi voluntad fuera la suya, y eso señor, entenderá usted, usted que entiende, que no es vida de hombre, ni siquiera vida, por eso cuando le decía, cuando le digo, que fue mi padre quien me trajo hasta su capilla, pues seguro es que así es como fue, que mi voluntad no es otra sino la de mi padre, la que él ha pensado para mi…y perdone señor que venga yo hasta su capilla nomás pa´contarle las cosas que usted ya sabe desde en antes nomás con el poder de sus ojos y el de sus santitos de los espejos, los que están en la mera entrada, pero con tal de descansarle al alma, le agradezco que me escuche tantito…y ya nomás pa´acabar y no seguirle con tanta molestia señor, le platico que ahora hace cosa de un mes, andaba mi padre más empoderado que de su costumbre y tuvo a mal quedárseme mirando de puro frente y así nomás me dijo, con su voz vieja, su voz que le sale yo creo que de los pies, porque ha de saber que mi padre siempre habla con los pies en la tierra quesque pa´que sea ella quien habla y no él, quesque porque dice él que es en la tierra de donde los hombres van tomando todo su poder de hombres y no del cielo ni del agua, que esas son meras cosas de la mujeres o de los hijos, que como yo, estamos sin estar…pero le decía señor que se me quedó mirando y así nomás me dijo: “tienes toda el alma negra, como de perro o de perra, que es peor” y yo nomás de oírlo me vine pa´ca pa´su capilla pa´pedirle que me diera tantito de su poder, que usted mero señor, hiciera que me cayera tantito de su poder, nomás el justo que vengo necesitando para dejarme de ser un perro con el alma negra y empiece a ser un hombre, ayúdeme señor, es eso lo que he venido a pedirle, con humildad eso es lo que hago, eso es lo que soy y ese, el color de mi alma, y ese, señor, ese de quien llevo hablando nomás entrar a su capilla, ese mero es mi padre.

II

El Santón, el Santón de la Capilla del Desierto, que han de saber vestía siempre en sus ropas del color de todas las arenas rojas y amarillas, que tenía su mirada como fija y cansada, que nunca nadie, dicen, le vio la nuca porque, dicen, que mero es donde tenía guardado todo su poder, el Gran Santón pausadamente se incorporó y pesadamente se meneó hasta el fondo del cuartito central de la capilla, agarró dos puños de arena primero, luego, luego, los regó en el piso de tierra, otros dos puños de arena juntó en un montecito y luego otros dos puños, y así tantos puños como arena necesaria para hacer un cerrito de arena juntada a puños, grandecito el cerro, ya en terminando, le prendió el pabilo a una vela blanca y la clavó en el centro del cerrito de arena, se tocó con las manos un solezote dorado que traía colgado en el pecho y se marchó, ya después al rato volvió, yo nomás me le quedé mirando a la vela y a los espejos de los santitos de la entrada de la capilla, sintiendo como jala la lumbre a los ojos de las gentes y de los perros de alma negra como yo. El Santón me dio un paliacate que en desenvolverlo miré que venía relleno de un fierro filoso y oxidado, acercó sus manos cuarteadas a mi oreja y le dio por decir que ya todo está detalladamente escrito, que el poder recae en los poderosos y que además eso pasa siempre, que eso, también decía el Santón, es inevitable, que todo va dependiendo del aliento de Dios en el día que a uno le toca nacer, que si Dios trae el aliento de vida ese día, uno le vive la vida como hombre y como hombre empoderado, que si ese mero día en que a uno le da por nacer, Dios trae todo el aliento apestoso, jediondo y ojete, uno le muere a la vida y lo poco que le vive, lo muere, y si se revela, se le revela incluso la muerte y que es hasta peor, que todo es cierto, que el poder no es mío, que nomás es de mi padre, que seguro él nació en día de aliento limpio de Dios y que yo nací en día de aliento apestoso de Dios, que así fue, que así es y que así será, que nomás queda la aceptación de lo que ya se escribió atrás o las ganas de agarrar el fierro oxidado y empaliacatado y dejárselo ir hasta el mero fondo de las entrañas al que nació el día en que Dios traía su aliento limpio, sea el padre de uno o no lo sea.

III

Si agarré el fierro ese filoso y oxidado. Si pensé tantito en guardarlo en el pecho de mi padre empoderado. Si es cierto que uno depende de las ganas de nacer y del aliento de Dios. No es cierto que mi padre esté muerto, está hasta más vivo que antes de que yo viniera a la Capilla del Desierto. No es cierto que a mi me dio por nacer el día que Dios traía un aliento apestoso, jediondo y ojete. Si es cierto que el Santón y sus santitos de los espejos de la mera entrada de la Capilla del Desierto son milagreros. Si es cierto que el Santón nació en día que a Dios le apestaba tantito su aliento. Si es cierto que el poder recae siempre en los mismos. Si es cierto que yo tengo el alma de perro, que es negra y muy brillosa, principalmente brillosa. Si es cierto que el Santón merecía morir ante un empoderado, todo era de él: el fierro, el filo, el óxido, la tripa, la sangre. Si es cierto que antes en ésta capilla había un Santón sin aliento. Si es más cierto que ahora en ésta Capilla, la Capilla del Desierto hay un Santo con el alma negra y brillosa.

Jordi

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